N° 92 - Vincent Willem van Gogh

- | 29 de Julio de 2003 ≈ 4:00 | tamaño de texto | versión para imprimir

El 29 de julio de 1890, a los treinta y siete años (tan joven como cuando murió Rafael), se quitó la vida Vincent Willem van Gogh. Igual que su amigo Paul Gaugin, descubrió tarde la vocación, de tal manera que si hubiera terminado su existencia unos pocos años antes, hoy no se hablaría de él. Dejó más de ochocientos cuadros pintados durante menos de una década, aunque sólo en sus últimos tres años (interrumpidos por agónicas crisis psíquicas y espirituales) creó los mejores, sobre los que descansa su fama. Mientras hoy sus obras se venden por decenas de millones, en vida nunca pudo vender ninguna, con la sola excepción de Viñedo rojo, a un precio muy barato. Toda su vida fue un titánico esfuerzo por encontrar explicación al interrogante de sentirse poseído de una gran fuerza interior a la que no hallaba aplicación posible. Fue un tarado psíquico, un alma atormentada y enferma que sucumbió en la lucha contra su mal.

Hijo del pastor de un pequeño pueblo holandés, fue de frustración en frustración en muchos estudios y empleos (incluso como misionero evangelista y predicador laico) en varias ciudades europeas, siempre despedido por sus conductas excéntricas. Su vida fue un continuo infortunio. Fracasó en todo lo que la sociedad burguesa de su época consideraba importante: fue incapaz de fundar una familia, incapaz de ganarse la vida e incluso incapaz de entrar en contacto con sus semejantes. En 1880 decidió dedicarse a la pintura, pero no fue hasta seis años después, ya malavenido con todos sus profesores, en París, en contacto con la pintura impresionista, que aclaró su paleta y transfiguró su estilo.

Entre 1887 y 1888, radicado en Arles, en busca de la luz intensa y los colores del mediodía francés, realizó buen número de sus obras maestras (Autorretratos, Los girasoles), hasta que su estado mental determinó su reclusión. En esa ciudad del sur de Francia, intentando construir una comunidad de artistas, convivió con Gaugin, quien sufrió por meses las perturbaciones bruscas, ruidosas y atormentadas de Vincent, incluso un intento de agresión con una navaja en la calle, después del cual Van Gogh se cercenó la oreja derecha, contuvo la hemorragia con toallas mojadas, y con la cabeza envuelta entregó su oreja limpia y dentro de un sobre, como un recuerdo suyo, a la portera de un burdel. Entonces fue internado en el manicomio, donde durante sus períodos de lucidez se le permitió pintar, y donde produjo unas ciento cincuenta obras de fresco colorido y pincelada frenética (Los cipreses, Las mieses).

Cuando se le consideró capaz de abandonar el manicomio, su hermano Théo –que fue siempre su ángel tutelar, y aunque pobre, también su mecenas- lo instaló en Auvers-sur-Oise, a los cuidados de un médico homeópata ligado a Cézanne y a los impresionistas, el doctor Gachet, a quien Van Gogh inmortalizó en dos retratos magistrales. A mediados de 1890 terminó un lienzo pintado en el campo, hoy en el museo de Amsterdam, y que representa un rubio trigal agitado por el viento sobre el cual se cierne el vuelo de unos cuervos negros. En esa obra se refleja una tristeza enorme, una soledad extrema y un paisaje intranquilizante, confuso y perturbador. Fue una especie de testamento pictórico. La noche del domingo 27 de julio de 1890, en medio de una de sus persistentes crisis de melancolía, Vincent se disparó un tiro en el tórax en medio del campo. A duras penas pudo caminar hasta la pensión donde vivía, donde murió en la madrugada del día 29, tras una larga agonía, asistido por el doctor Gachet y por Théo, que se había apresurado a acudir desde París. Antes de morir dijo a su hermano: “la tristeza durará por siempre…”. La iglesia católica de Auvers se negó a sepultar su cuerpo en su cementerio, “por haber cometido suicidio”, y hubo que hacerlo en el de un pueblo cercano.

Los tres elementos básicos de la pintura -color, línea y composición- no fueron desarrollados por Van Gogh meramente como elementos del estilo artístico, sino que supo convertirlos en los portadores de un lenguaje artístico de nuevo cuño, y como tales los aplicó: el color, como aliento natural que sirve de savia a los objetos; la línea, como principio del movimiento, como dinamismo existencial y energía indestructible; la composición, como morada de los sentimientos y de su concepción del mundo.

Según este genio descomunal, el color estaba destinado a poner de manifiesto el sentimiento. En esto había establecido una escala muy precisa de valores patéticos: el amarillo (que nadie jamás lo logró como él) era el color del optimismo, del amor, mientras que con el rojo y el verde trató, según sus propias palabras, de expresar las terribles pasiones humanas. En una de sus cartas describió el estado de inspiración, “cuando las emociones son algo tan fuerte que se trabaja sin darse cuenta de ello… y las pinceladas adquieren una ilación y coherencia como las palabras en una oración o en una carta”. Cabe, por lo tanto, considerar su arte fantástico, heredero de los impresionistas, como el punto de partida de la moderna tendencia expresionista, porque contiene una decidida voluntad de hacer inteligibles los estados de ánimo.

Escribirá a su hermano acerca de su famosa obra El cuarto amarillo, que representa su modesto dormitorio en Arles con sus objetos humildes, apacibles y cotidianos, que nadie consideraría que merecieran la atención de un artista: “Tengo una idea en la cabeza y aquí está el boceto…: esta vez se trata sencillamente de mi dormitorio. Todo depende aquí del color y de sugerir las ideas de reposo o sueño dando, por simplificación, mayor vastedad al conjunto. La contemplación del cuadro debe proporcionar descanso al pensamiento, o mejor dicho a la imaginación. Las paredes son de tono violeta claro. El suelo, de tablas rojas, y las sillas de un amarillo de manteca fresca, las sábanas y almohadas de un verde limón claro, el cubrecama rojo escarlata, la ventana verde, la mesa en que están las cosas con que me lavo, anaranjada, la jofaina azul, las puertas lila. Y eso es todo… Nada más, en esta habitación con la puerta entornada. La solidez de los muebles debe expresar reposo profundo, inviolable. Respecto al marco, como en el lienzo no hay blancos, convendrá que sea blanco”.


1889, óleo sobre lienzo, 57.5 x 74 cms., Museo d’Orsay de París

Como pintor y ser humano Vincent van Gogh reflejó en sus cuadros plenitud y soledad, anhelo y desesperación, amor y desasosiego. Y así reflejó en sus cuadros un conmovedor canto a la vida. Justo él, tan perturbado y alienado, mostró como nadie la armonía de la Creación, pintando al mundo –tan perturbado y alienado- a través del lente de su profunda sabiduría sobre el destino. Y con eso justo él, que tanto hubiera necesitado consuelo, con su arte quiso siempre consolar a los demás. Y cada vez más, su arte maravilloso nos consuela a todos.

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Comentarios.

  1. José J. Vicentini dice:

    Aun no se por que, hace mas de 20 años que tengo colgadas 5 reproducciones de este genio de la pintura.
    En una, El sembrador. muestra la soledad infinita de un hombre en la vastedad
    casi infinita del campo.
    Siempre lo hemos admirado.
    Muy buena vuestra nota.

  2. Susana Schier dice:

    Siempre me fascinó este genio del impresionismo. Muy bueno el comentario, y la breve pero concisa historia de su arte…y de los colores ! Sus amarillos son únicos !

  3. Mar dice:

    Gracias por la reseña, Vincet siempre fue de otro planeta agradezco cada una de sus obras !!! Gracias maestro

  4. JULIA dice:

    Justo tengo que hace un trabajo para Int. a la filosofía y tenia que analizar una obra de arte en el tema ontològico y elegí “El dormitorio” de van Gogh, la verdad que he leído mucho sobre este pintor me parece excelente y que lastima que en su época no lo hayan podido disfrutar de las bellezas de sus pinturas

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