N° 97 - Fiesta de la Asunción

- | 15 de Agosto de 2003 ≈ 4:17 | tamaño de texto | versión para imprimir

Según la bula Magnificentissimus Deus del 1º de noviembre de 1950, el papa Pío XII proclamó la definición dogmática de la Asunción de María. Dice así: “Después de haber implorado siempre y con insistencia a Dios y haber invocado el Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente…, anunciamos, declaramos y definimos que la Inmaculada siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue a la gloria celestial en alma y cuerpo”.

Ya María había triunfado de la culpa y del pecado, pero para el triunfo total y completo, para el estar “llena de gracia” durante toda su vida, para ser configurada plenamente con Cristo, como consecuencia lógica de todos esos privilegios, era muy conveniente que fuera agraciada con la resurrección gloriosa y ascendida a los cielos en cuerpo y alma sin haber conocido la corrupción del sepulcro. María fue llevada a los cielos en cuerpo y alma para que, libre definitivamente de todas las limitaciones y ataduras de la vida mortal, pudiera ejercer sin ninguna traba su función de Madre espiritual de todos los hombres. Y así, inmersa en la plenitud de Cristo resucitado y glorioso, puede ejercer cumplidamente su función de abogada y Mediadora de todas las gracias, y ser en verdad la omnipotencia suplicante en favor de todos los hijos que se le encomendaron al pie de la Cruz. ¿O acaso hay alguno que habiendo acudido a María no haya experimentado protección o consuelo?

No debemos ver en el hecho de la Asunción de María solamente un privilegio muy bello y prodigioso pero meramente personal, sino que lo hemos de contemplar inserto en la economía global de la salvación, con una dimensión eclesial que nos afecta a todos nosotros en el sentido de que, al haber sido glorificada María, ha quedado liberada de toda traba terrena y potenciada al máximo, en orden a mejor ejercer su maternidad espiritual a favor de la Iglesia y de todos y cada uno de los hombres. Y así como a Cristo lo sentimos cercano y viviendo como resucitado entre nosotros, del mismo modo a María debemos sentirla viva, cercana, amorosa y entrañablemente maternal, cuidando con solicitud plena el bien espiritual de la Iglesia y de todos y cada uno de los hombres.

María, en su Asunción, es figura de lo que la Iglesia está llamada a ser. La carta encíclica Marialis cultus de Pablo VI nos ofrece una visión global de la bella liturgia de la Asunción de la Virgen: “Es la fiesta del destino pleno, de la bienaventuranza y de la glorificación del alma inmaculada de María y de su cuerpo virginal y de su perfecta configuración con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad la imagen y el documento –el testimonio- consolador de la verificación de la esperanza final, ya que esta glorificación plena es también el destino de todos los que en Cristo ha hecho hermanos suyos, pues tiene con ellos en común la carne y la sangre”. El hecho de que una criatura humana –María- haya abierto el camino de los cielos, es prenda anticipada de nuestro destino final, y llena de consuelo el conocer anticipadamente la gloria que espera a la Iglesia. Es que el mundo está lleno de marginaciones, de miserias físicas y espirituales de todo tipo. Necesitamos por ello de una reina que sea fiel reflejo de la infinita misericordia de Dios. María es esa reina y madre entrañable que se apiada de sus hijos en la vida y en la muerte. Así, confiándole siempre a Ella nuestra vida, nuestra muerte y nuestra salvación, podemos cantar con el poeta español J. Alvarez Gato:

Dime, Señora, di,
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.

Cuando ya sean publicados
mis tiempos en mal gastados
y todos cuantos pecados
yo mezquino cometí,
si te acordarás de mí.

Dime, Señora, di,
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.

En el siglo duradero
del juicio postrimero,
do por mi remedio espero
los dulces ruegos de ti,
si te acordarás de mí.

Dime, Señora, di,
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.

Cuando yo esté en la afrenta
de la muy estrecha cuenta
de cuantos bienes y renta
de tu Hijo recibí,
si te acordarás de mí.

Dime, Señora, di,
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.

Cuando mi alma cuitada,
temiendo ser condenada
de hallarse muy culpada
tenga mil quejas de sí,
si te acordarás de mí.

Dime, Señora, di,
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.


La Asunción
Francisco de Goya [1746-1828]
Iglesia parroquial de Chinchón, Madrid

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