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N° 247 - A las piñas con la vida

[Investigación periodística de Alfredo Ramírez] Hace justo una década, el 8 de enero de 1995, mientras retornaba tras una jornada de libertad condicional a la prisión santafesina donde purgaba una condena de once años por la muerte de su segunda mujer, Carlos Monzón sufrió un accidente automovilístico en el pueblo de Los Cerrillos, a 40 kilómetros de su destino, que acabó con su vida a los 52 años.

Había nacido en San Javier, Santa Fe, el 7 de agosto de 1942, en el seno de un hogar humilde del barrio La Flecha, el quinto de trece hijos sin juguetes. Con la pretensión de huir de la miseria, la familia se trasladó a la capital provincial y se estableció en el barrio Barranquitas. Allí, en el gimnasio del club Cochabamba, Carlitos comenzó a practicar box junto a sus hermanos, mientras trabajaba de limpiabotas, sodero, vendedor de diarios o repartidor de leche. Luego de varias peleas con formato callejero, el destino lo reunió con el mítico Amílcar Brusa, un curtido preparador que aglutinaba las funciones de padre, amigo y entrenador. La regla base consistió en incorporarle al mismo tiempo conocimientos técnicos y sociales. Desde ese momento Brusa comenzó a forjar al gran gladiador. Un tifus en la infancia había debilitado las piernas de Monzón, pero él lo compensaba con envergadura y pegada, además de inyecciones de calcio. Malencarado, disciplinado y encarador, “el gaucho de hierro” empezó a caminar con paso firme. Abandonó temprano el campo amateur por falta de dinero, tras ganar 78 peleas, perder 8 y empatar 6. El boxeo profesional esperaba expectante al espigado púgil santafesino de 64 kilos.

Con disciplina espartana, Carlos luchaba por hacerse un hueco en el más duro de los deportes. Vivía por y para el boxeo. Entrenaba como un poseso. Sus tres únicas derrotas como profesional se produjeron a causa de un saturado calendario de nada menos que 22 combates en dos años. De una derecha terrible, frío, calculador, guapo, tenaz, contundente, feroz, eran algunas de sus virtudes con las cuales demolía imperturbable a los rivales. El Luna Park iba a convertirse entonces en el escenario de sus proezas. En un torneo organizado por Tito Lectoure, Monzón se hizo un nombre derrotando a importantes boxeadores argentinos y consiguió la oportunidad de medirse al monarca mediano Jorge Fernández. El 13 de septiembre de 1966 el flaco de 24 años y piernas largas se proclamó campeón argentino de los medianos tras vencerlo por puntos en 12 soberbios asaltos. A la vista del talento emergente, Lectoure, con miras a un mundial, comenzó a traerle rivales foráneos como Briscoe, Hountely o Bethea; entre estas peleas Monzón sometió nuevamente, esta vez por el título sudamericano, a Jorge Fernández.

En 1970 se ganó el derecho de disputarle el título mundial al italiano Nino Benvenutti en Roma. Con una bolsa de 15.000 dólares, Monzón asoló a Benvenuti, noqueándolo en el round 12. A su vuelta a la Argentina fue recibido como un héroe. Amparado en su mestizaje y apostura, hasta la dictadura militar de turno se fijó en él como medio de propaganda. La negativa de sus rivales a pelear en el país debido a las bajas bolsas obligó a Monzón a realizar una gira mundial: Montecarlo, París, Copenhague, Roma. Cambió de marca de auto y de nivel de vida, se hizo famoso y las mujeres lo sitiaron; el chaval pobre terminó transformado en el galán de la farándula. Beatriz, su novia de la infancia, tras un ataque de celos le disparó en un brazo, dejándole una bala allí alojada durante el resto de su vida.


A los cuatro meses, con bala incluida, Monzón volvió a boxear y derrotar por segunda vez a Emile Griffith. Un año después, se midió a otro virtuoso del cuadrilátero, José “Mantequilla” Nápoles. El actor Alain Delon, amigo personal del argentino, fue el promotor del choque disputado en París. Nápoles era el monarca welter y había subido de categoría para enfrentarse a Monzón. Ágil y veloz, el apodo de Mantequilla hacía referencia a su condición de púgil resbaladizo, y no a su debilidad, por cierto. Sin embargo, el cubano, quebrantado ante la potencia de Monzón, no acudió a la llamada del octavo asalto. Tras él, cayeron Mundine, Licata (tras besar siete veces la lona) y Tonna.

A diferencia de sus éxitos en el ring, la vida privada del argentino fue un tormento. Abandonó a su mujer y se unió a Susana Giménez: fueron la pareja de moda, el objetivo de los paparazzi, copando portadas en la prensa, y hasta abriéndole las puertas del cine.

En 1974 el CMB lo despojó del título por no medirse al colombiano Rodrigo Valdez. Dos años después Monzón y Valdez lidiaron en Montecarlo. Desde Buenos aires se fletaron aviones charter de aficionados para ver en vivo la pelea. Tras 15 reñidos asaltos Monzón venció a los puntos y tras apuntarse la revancha, colgó los guantes tras 14 años como profesional y permanecer invicto en 14 peleas con el título mundial en juego. Esa performance de peleas exitosas por el título durante casi siete años aún permanece imbatido en el historial de los medianos. En 1983 ingresó al hall de la fama en Estados Unidos, como premio a un récord impresionante de 87 triunfos (59 por nocaut), 3 derrotas y 10 empates.

Retirado ya del boxeo se casó con la modelo Alicia Muñiz, con quien tuvo un hijo, Maximiliano Roque. En principio le esperaba una vida apacible, pero duró hasta 1988. En la noche de San Valentín Carlos discutió con Alicia en un departamento de Mar del Plata, la empujó y ella cayó por el balcón resultando muerta. En el juicio Monzón declaró no recordar nada; un indigente, “el cartonero Báez”, afirmó haber visto como Monzón empujaba a su esposa. El gran ex campeón acabó condenado a 11 años de cárcel por homicidio simple. Su buen comportamiento le sirvió para conseguir permisos de fin de semana: en uno de ellos se apagó su vida. Siendo uno de los más grandes ídolos argentinos de toda la historia, miles de personas asistieron a su funeral. El preparador Angelo Dundee dijo entonces: “Monzón sabía boxear, sabía pegar, sabía pensar, e iba siempre a por todas”.

Comentarios:

Otra gloria argentina que terminó en tragedia. Probablemente el genio argentino necesita un proceso de autocrítica nacional que introduzca en el carácter popular un sentido de equilibrio y ponderación.

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