N° 269 - Raúl González Tuñón

- | 29 de Marzo de 2005 ≈ 17:30 | tamaño de texto | versión para imprimir

[Investigación biográfica de Horacio Armani]
Hace un siglo, el 29 de marzo de 1905, nació en Buenos Aires Raúl González Tuñón, ciudad donde asimismo murió el 14 de agosto de 1974. Los barrios porteños como el Once (nació y vivió en la calle Saavedra) fueron escenario de los vagabundeos adolescentes del poeta, que comenzó a publicar en revistas hacia 1922 y colaboró en Proa y en Martín Fierro. Tenía un infatigable espíritu viajero que le permitió recorrer todo el país, saltando luego a Brasil, enviando crónicas a Crítica desde la guerra del Chaco paraguayo o desde Madrid durante la guerra civil española. También viajó por Chile, la Unión Soviética y China. El mismo registra su poesía adjudicándose el personaje de Juancito Caminador, homónimo de una etiqueta de buen whisky.
Militante en el comunismo tradicional, cantó a Stalin y hasta último momento se mantuvo fiel a su ideología. El afán de hacer de la poesía una crónica de los acontecimientos de la época, sus arrebatos comunistas y su entusiasmo por cantar la realidad política y social (“el poeta de las putas, de los ladrones y del puerto”, lo llamaría Roberto Arlt) tal vez minaron las espléndidas condiciones literarias de González Tuñón, uno de los creadores nacionales que dominó con mayor soltura las formas del verso. Su poesía es un estado de ánimo espontáneo que lo obligaba a registrar todas sus vivencias en pinceladas efectistas.
Hacia los ‘60 González Tuñón recibió reiterados ataques por parte de Octavio Paz. El afectado poeta mejicano recordaba su estancia en España durante la defensa de Madrid, donde había conocido a “ese mediocre poeta comunista argentino”. Y no ahorraba epítetos de la peor calaña para fustigarlo a través de artículos, diálogos y entrevistas por televisión, en tanto se jactaba de su amistad con su paisano Julio Cortázar, a quien consideraba, con mucha razón, una de las figuras literarias cimeras del siglo XX.
Cuenta González Tuñón que durante su estancia en La Habana, mientras saboreaba un café frente a la piscina del hotel donde deliberaban los jurados de un concurso literario, sintió que a sus espaldas dos manos poderosas se posaban sobre sus hombros, al tiempo que una voz vagamente conocida, con acento cordial y generoso, recitaba:

¡Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura!
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Era Julio Cortázar.
Entre las obras de Raúl González Tuñón se destacan Miércoles de ceniza (1928), La calle del agujero en la media (1930), Poemas de Juancito Caminador (1934), La rosa blindada (1936), Caprichos de Juancito Caminador (1941), Primer canto argentino (1945), Todos los hombres del mundo son hermanos (1954) y El rumbo de las islas perdidas (1969).

Eche veinte centavos en la ranura

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
¡Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura!
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
El violín del diablo, 1926

El primer hombre muerto

Allí nomás, al lado de mi mano,
estaba el primer hombre muerto.
El primero que veo, en la guerra tremenda y desmedida.
Después del lanzabombas, después de caminar entre raíces,
bajo un sol recaído, con ausencias,
y mariposas súbitas y locas de balas fugitivas,
yo vi al muerto, de pronto, cerca de la trinchera
y estaba solo y seco como un brote de la tierra,
y al lado de mi frente, extendido y exacto.

Venid, venid a verle.
Está solo y no sabe, ha muerto ya y no sabe.
Al lado de mi mano, al lado de mi vida,
al lado de mi cuerpo sin cadáver,
al lado de mi cuerpo con cadáver corriendo desvelado,
al lado de mi próximo cadáver.
Yo sé que sus huesos, cuando le den la fosa,
empezará a crecer la siempreviva.

Hace horas que está destruyéndose
bajo un uniforme color tierra, como quiere la muerte.
Yo no tengo la culpa y él se destroza y se desploma
y hay un viento de acero que se cuela
por las troneras de los sacos terreros
y sobre todo y sobre los soldados y los jefes,
y el vino y la comida y el diario de anteayer y las moscas,
el Olor, el Olor del Primer Hombre Muerto.

La muerte en Madrid, 1939

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