Nº 305 - En el día del niño, Esos ojos, un artículo de Hugo Presman
[Por Hugo Presman, texto gentileza de la lista Reconquista Popular]
Los ojos son penetrantes. Tienen la intensidad que da el convivir con la profundidad de los abismos humanos. Esos ojos interrogan en busca de una respuesta inexistente. Esos ojos me miran. Te miran. Nos miran. Esos ojos se levantan a nuestro paso un instante. Luego siguen revolviendo las bolsas. Buscando hacer útil lo que los afortunados provisorios consideramos inútil. Puede ser una nena para la que este domingo será un día de trabajo. No hay juguetes que acompañen su infancia. Hay hermanos, muchos hermanos que sustituyen a muñecas lejanas, esas que alguna vez divisó tras la vidriera de una juguetería. No hay reyes magos, porque los que mandan ya le prefiguraron un desierto sin camellos.

Puede ser un niño de ojos enormes y sonrisa simpática. Que madura en la ley de la calle. El que intuye que a su padre le expropiaron el trabajo. Que sus hermanos y hermanas mayores nunca conocieron la posibilidad de acceder a la remuneración de una contraprestación laboral. Se niegan a robar. Buscan los dos pesos diarios en esos cartones o papeles mezclados con desperdicios alimenticios, vidrios y botellas desechables. Tan descartables como sus propias vidas. Mientas patea un papel que se levanta, sueña una pelota con la que imagina hacerle una gambeta a la miseria como Diego Maradona, o fabricarle un caño al destino como los que hacen Román Riquelme, Carlos Tévez y otros talentosos surgidos de esas villas donde la vida pide, todos los días, un examen de sobrevivencia. Donde el frío congela el alma en invierno. Donde el calor achicharra el cerebro en verano. Donde la lluvia amasa el barro y siempre se empecina a entrar por los agujeros de las chapas.
Ahí donde los sueños siempre son en blanco y negro y las pesadillas rebozan de policromía. Ahí donde las tentaciones están más cerca que la escuela. Ahí donde mamá se desloma para administrar lo inexistente y papá, a veces, encuentra en el alcohol un cicatrizante por las heridas de las pérdidas que sufrió aún antes de haber nacido. Y por la televisión aparece un muestrario, un inventario de todas las cosas que no tienen ni tendrán. Por la pantalla se asoma otra vida. Gente feliz por tomar una cerveza, exitosa por comprar un auto, irresistibles si usan un perfume determinado, elegantes si calzan un jean o una zapatilla de marca.
Juan, Rocío, Barbarita o Fernando se duermen combatiendo el frío con el calor de los cuerpos cercanos. No hay cuentos para esperar a Morfeo. Tal vez no haga falta porque el cansancio de las largas caminatas sube desde los pies. No conocerán los cuentos de las Mil y una Noches pero sin saberlo, quizás, son víctimas propiciatorias de Alí Babá y los Cuarenta ladrones.
Nadie les contará que a Caperucita se la come el Lobo feroz, pero sí saben que la vida dura, colmada de privaciones les come, año a año, los años de sus padres. No habrá el sueño del zapatito de la Cenicienta. El hambre es Brodbingag, el país habitado por gigantes en los viajes de Gulliver y el futuro es Liliput, el territorio poblado por individuos diminutos. "Cuando el sol ponga a los niños delantales de aprender", como dice la poesía de Horacio Ferrer, sus padres los despertarán para ir a la escuela, donde el mate cocido es más imprescindible que las operaciones aritméticas o el acceso a la lectura. Cuando el estómago exige, la cabeza tiene una preocupación excluyente. Pero ese mate cocido, la leche esporádica, la comida insuficiente, quedarán visibles en el futuro con bajas sensibles en la boca, o con una anemia cual invasora silenciosa. Oculta a primera vista hay una destrucción de neuronas irrecuperables. La escuela pública, esa gran igualadora en sociedades relativamente equitativas, aquí es insuficiente para paliar las enormes injusticias que un modelo depredador produce en cantidades industriales. Por aquí nadie ha visto la mano invisible del mercado que postulaba Adam Smith. Seguramente se la han apropiado los banqueros y los sectores concentrados de la economía para potenciar la concentración.
El dolor en cifras

La mitad de los chicos son pobres y por lo tanto la mitad de los pobres son chicos. Según el Informe de Naciones Unidas el 50% de los menores de dos años son anémicos. Todos los días en nuestro país mueren cincuenta y cinco chicos por causas evitables. Hay que imaginarse, para percibir la dimensión del horror, que equivale a la salida diaria de un avión y que rutinariamente se precipita a tierra pereciendo todos sus pasajeros. Siete de cada diez chicos y jóvenes viven en hogares pobres. Más del 15% de las personas de 15 a 24 años no estudia ni trabaja.
El fundamentalismo de mercado
Los fundamentalistas del mercado terminan matando al mercado. Si buena parte de los consumidores son trabajadores y si los mismos son expulsados de la relación de dependencia en función del achicamiento de costos o permanecen incorporados en negro o mediante los contratos basura haciendo un culto de la precariedad laboral, la demanda global se contrae y es necesario efectuar nuevos ajustes para adecuar los "costos laborales" a niveles cada vez más descendentes.
La concepción neoliberal sostiene que el mercado depura entre eficientes e ineficientes, y que los precarizados y despedidos son derrotados a los que hay que excluir y no semejantes a los que hay que ayudar e incluir como se consideraba hace tres décadas.
Lo que hoy vemos es lo que en el lenguaje bélico de Bush se conoce como "daños colaterales". En nuestro caso lo colateral es central porque abarca en algunas regiones al 76% de la población.
"La sensación de haber dejado de ser un país y ser solamente un mercado de capitales (ajenos) es difícil de expresar”, dice José Pablo Feinmann. "No tenemos cara, nos la dibujan. No tenemos mercado interno, lo destrozaron. No tenemos industrias, las fundieron. No tenemos producción, somos importadores. No tenemos consumidores, tenemos hambrientos, desesperados o delincuentes... No tenemos cultura, viene de afuera, sin mediaciones, torpemente, nos la imponen".
Los ojos que ves

Ernesto vio que sus hermanos lloraban de hambre, su padre se convertía en un costo salarial prescindible y su madre no encontraba trabajo. Entonces empezó a delinquir. Tiene 14 años. Se juntó con Luciano que tiene 18, adicto a las drogas y que hizo un master de delincuencia en un reformatorio. No le dan valor a su vida y por lo tanto mucho menos a la de los otros. Salen a robar y si hay que matar no lo dudan. No miran el Código Penal ni les amedrentaría que las penas se duplicaran o triplicaran. En el camino de la degradación, primero se abarata la vida de los excluidos. Luego empieza a bajar significativamente la seguridad de los incluidos. Muchos de ellos, incapaces de reconocer el problema, desde su condición de incluidos, proponen mano dura y la resolución de los conflictos sociales por la policía. La banalidad del mal es una expresión que popularizó la filósofa Hannah Arendt. Traducida a nuestra realidad es, según la psicóloga Silvia Bleichman "... la indiferencia, la posibilidad del ejercicio de una acción de destrucción sin la menor compasión porque la víctima ha dejado de ser nuestro semejante. Y eso es lo que intentó producir la Argentina en los últimos años; la convicción de que no había otro camino que tirar al río a la mitad de la población, para que se salvaran los que lograban sobrevivir".
Es una mirada que no ve. Porque como sostenía Antonio Machado: "Los ojos que ves, no son ojos porque los ves, son ojos porque te ven".
Esos ojos
Los ojos son penetrantes. Son los de Juan, Rocío, Barbarita. Tienen la intensidad que da el convivir con la profundidad de los abismos humanos. Esos ojos interrogan en busca de una respuesta inexistente. Esos ojos me miran. Te miran. Nos miran. Enfrían la calefacción que disfruto en invierno, calientan el aire acondicionado que enfría el verano. Atraganta la comida que me satisface, recuerdan la parte de la deuda social que nos corresponde levantar, claman por hacernos entender que en el territorio de la exclusión está el principal problema argentino. Vergüenza e impotencia. La conciencia grita como dijo el poeta: "Dame un ramo de voz, así salgo a vender mis vergüenzas en flor".
Si el encuentro es con Ernesto o Luciano, la vida para todos será una lotería. La muerte, si es convocada, será una invitada fundamentalmente presente por la falta de futuro. Por una condena irreversible a exclusión perpetua.
Ernesto o Luciano nunca tuvieron un día del niño. Juan, Rocío, Barbarita no tendrán este domingo su día del niño. Fueron forzados a saltear esa etapa.
El sociólogo Alberto Morlachetti, que despliega una intensa actividad de acción social a través de diversos emprendimientos para niños y jóvenes, dice: "La sociedad debería tender a proteger al niño, pero esta sociedad, por el contrario, se protege del niño. Las políticas de la infancia son institutos, servicio penitenciario, clínicas psiquiátricas, son todas represivas. No hay políticas protectoras de la infancia, como si las infancias pobres fueran infancias superfluas. Estos chicos están destinados a habitar el país de ningún lugar, de los sin derechos. ¿Como pudo haber arraigado en la gente la idea de que detrás de cada chico de la calle hay un mafioso? Hay que entenderlo, detrás de cada chico de la calle hay un desocupado. Hay infancia, si mamá y papá tienen trabajo. Si no la infancia no existe. Ser chico no es una etapa inferior de la vida. Es una etapa plena, como ser adulto.¿Como hago para lograr que un chico no sea violento si le amputo los insumos básicos de la crianza humana, si no guardo su primer diente, su primer cuaderno, su primera fotografía? ¿Cuál es el delito que cometieron los cien chicos que se murieron hoy de hambre?... La única certeza que tiene el pequeño o el joven es que en el futuro va a estar peor. Yo le meto futuro, le digo que vale la pena... Hoy compruebo que mis mejores pibes vienen de los lugares más oscuros de la condición humana".

Los ojos se levantan a nuestro paso un instante. Luego siguen revolviendo las bolsas. Buscando hacer útil lo que los afortunados circunstanciales consideramos inútil. Puede ser una nena para la que este domingo será un día de trabajo. No hay juguetes que acompañen su infancia. Hay hermanos, muchos hermanos que sustituyen a muñecas lejanas, esas que alguna vez divisó tras la vidriera de una juguetería. No hay reyes magos, porque los que mandan ya le prefiguraron un desierto sin camellos. No hay cuentos que puedan atemorizarlos. La madrastra de Cenicienta es la madre Teresa de Calcuta, frente a la crueldad de la dureza cotidiana. Están secuestrados del presente como Juan, Rocío, Barbarita, Fernando, Ernesto o Luciano.
Si no entendemos lo que nos pasa no habrá solución posible. Congelaremos, desmejorando, este presente sin puertas de salida. Sería como cercenar definitivamente el futuro, mientras Horacio Ferrer le pone música y letra al dolor: "Baléame con tres rosas/ que duelan a cuenta/ del hambre que no te entendí/ chiquilín".
Hugo Presman, (07/ago/2004)





