Nº 358 - La utopía de América

El 11 de mayo de 1946 murió en Buenos Aires el dominicano Pedro Henríquez Ureña.
Nació en Santo Domingo el 29 de junio de 1884. Poeta, ensayista, filólogo y educador. Hijo de dos figuras ilustres de las letras dominicanas, vivió en los Estados Unidos, Cuba, México, España y Argentina, países en los que se educó y a los que aportó también sus conocimientos y sus dotes de gran humanista. En Argentina enseñó lengua española y literatura en la Universidad Nacional de La Plata (1924-1931), literatura argentina, americana y europea en el Instituto de Profesorado de Buenos Aires y literatura general en la Universidad de Buenos Aires. Posteriormente ingresó como a la Academia Argentina de las Letras. En diciembre de 1931, atendiendo a una petición del entonces presidente dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina, regresó a Santo Domingo a ocupar la Superintendencia de Enseñanza. Pero en 1933 renunció a dicho cargo acosado por control que ejercía Trujillo sobre las instituciones del Estado. La imposibilidad de poner en práctica el programa de enseñanza que él anhelaba para la República Dominicana lo hizo volver a Argentina en 1933, donde permaneció hasta el momento de su muerte.
Al mismo tiempo del desempeño de sus funciones académicas fue produciendo su vasta obra poética, crítica y de investigación. Entre sus obras más celebradas se destacan: Gramática castellana, La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Corriente literarias en Hispanoamérica y Apuntaciones de la novela en América, entre otras.
Tuvo el privilegio de trabajar con las más grandes personalidades de las letras españolas e hispanoamericanas de su época, entre ellos Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Amado Alonso, Ezequiel Martínez Estrada y Jorge Luis Borges. Pedro Henríquez Ureña es el más grande humanista y el intelectual dominicano más universal. Su nombre aparece junto a los de Andrés Bello, José Enrique Rodó y José Martí, considerados como los forjadores del pensamiento crítico contemporáneo en Hispanoamérica.

La utopía de América (fragmento)
Cuatro siglos de vida hispánica han dado a nuestra América rasgos que la distinguen.
La unidad de su historia, la unidad de propósito en la vida política y en la intelectual, hacen de nuestra América una entidad, una magna patria, una agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más y más. Si conserváramos aquella infantil audacia con que nuestros antepasados llamaban Atenas a cualquier ciudad de América, no vacilaría yo en compararnos con los pueblos, políticamente disgregados pero espiritualmente unidos, de la Grecia clásica y la Italia del Renacimiento. Pero sí me atreveré a compararnos con ellos para que aprendamos, de su ejemplo, que la desunión es el desastre.
Nuestra América debe afirmar la fe en su destino, en el porvenir de la civilización. Para mantenerlo no me fundo, desde luego, en el desarrollo presente o futuro de las riquezas materiales, ni siquiera en esos argumentos, contundentes para los contagiados del delirio industrial, argumentos que se llaman Buenos Aires, Montevideo, Santiago, Valparaíso, Rosario. No, esas poblaciones demuestran que obligados a competir dentro de la actividad contemporánea, nuestros pueblos saben, tanto como los Estados Unidos, crear en pocos días colmenas formidables, tipos nuevos de ciudad que difieren radicalmente del europeo, y hasta acometer, como Río de Janeiro, hazañas no previstas por las urbes norteamericanas. Ni me fundaría, para no dar margen a censuras pueriles de los pesimistas, en la obra, exigua todavía, que representa nuestra contribución espiritual al acervo de la civilización en el mundo, por más que la arquitectura colonial de México, y la poesía contemporánea de toda nuestra América, y nuestras maravillosas artes populares, sean altos valores.
Me fundo sólo en el hecho de que, en cada una de nuestras crisis de civilización, es el espíritu quien nos ha salvado, luchando contra elementos en apariencia más poderosos; el espíritu solo, y no la fuerza militar o el poder económico. En uno de sus momentos de mayor decepción, dijo Bolívar que si fuera posible para los pueblos volver al caos, los de la América latina volverían a él. [...] Tenemos la costumbre de exigir, hasta al escritor de gabinete, la aptitud magistral: porque la tuvo, fue representativo José Enrique Rodó. Y así se explica que la juventud de hoy, exigente como toda juventud, se ensañe contra aquellos hombres de inteligencia poco amigos de terciar en los problemas que a ella le interesan y en cuya solución pide la ayuda de los maestros.
Si el espíritu ha triunfado en nuestra América sobre la barbarie interior, no cabe temer que lo rinda la barbarie de afuera. No nos deslumbre el poder ajeno: el poder es siempre efímero. Ensanchemos el campo espiritual: demos el alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno de los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y a la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestra utopía.
¿Hacia la utopía? Sí: hay que ennoblecer nuevamente la idea clásica. La utopía no es vano juego de imaginaciones pueriles: es una de las magnas creaciones espirituales del Mediterráneo, nuestro gran mar antecesor. El pueblo griego da al mundo occidental la inquietud del perfeccionamiento constante. Cuando descubre que el hombre puede individualmente ser mejor de lo que es y socialmente vivir mejor de como vive, no descansa para averiguar el secreto de toda mejora, de toda perfección. Juzga y compara; busca y experimenta sin descanso; no le arredra la necesidad de tocar a la religión y a la leyenda, a la fábrica social y a los sistemas políticos. Es el pueblo que inventa la discusión, que inventa la crítica. Mira al pasado, y crea la historia; mira al futuro, y crea las utopías.
El antiguo Oriente se había conformado con la estabilidad de la organización social: la justicia se sacrificaba al orden, el progreso a la tranquilidad. Cuando alimentaron esperanzas de perfección —la victoria de Ahura Mazda entre los persas o la venida del Mesías para los hebreos— las situaron fuera del alcance del esfuerzo humano: su realización sería obra de leyes o de voluntades más altas. Grecia cree en el perfeccionamiento de la vida humana por medio del esfuerzo humano. Atenas se dedicó a crear utopías: nadie las revela mejor que Aristófanes; el poeta que las satiriza no sólo es capaz de comprenderlas sino que hasta se diría simpatizador de ellas ¡tal es el esplendor con que llega a presentarlas! Poco después de los intentos que atrajeron la burla de Aristófanes, Platón crea, en La República, no sólo una de las obras maestras de la filosofía y de la literatura, sino también la obra maestra en el arte singular de la utopía.
Cuando el espejismo del espíritu clásico se proyecta sobre Europa, con el Renacimiento, es natural que resurja la utopía. Y desde entonces, aunque se eclipse, no muere. Hoy, en medio del formidable desconcierto en que se agita la humanidad, sólo una luz unifica a muchos espíritus: la luz de una utopía, reducida, es verdad, a simples soluciones económicas por el momento, pero utopía al fin, donde se vislumbra la única esperanza de paz entre el infierno social que atravesamos todos.

¿Cuál sería, pues, nuestro papel en estas cosas? Devolverle a la utopía sus caracteres plenamente humanos y espirituales, esforzarnos porque el intento de reforma social y justicia económica no sea el límite de las aspiraciones; procurar que la desaparición de las tiranías económicas concuerde con la libertad perfecta del hombre individual y social, cuyas normas únicas, después del neminem laedere, sean la razón y el sentido estético. Dentro de nuestra utopía, el hombre llegará a ser plenamente humano, dejando atrás los estorbos de la absurda organización económica en que estamos prisioneros y el lastre de los prejuicios morales y sociales que ahogan la vida espontánea; a ser, a través del franco ejercicio de la inteligencia y de la sensibilidad, el hombre libre, abierto a los cuatro vientos del espíritu. ¿Y cómo se concilia esta utopía, destinada a favorecer la definitiva aparición del hombre universal, con el nacionalismo antes predicado, nacionalismo de jícaras y poemas, es verdad, pero nacionalismo al fin? No es difícil la conciliación; antes al contrario, es natural. El hombre universal con que soñamos, a que aspira nuestra América, no será descastado: sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su tierra; su tierra, y no la ajena, le dará el gusto intenso de los sabores nativos, y ésa será su mejor preparación para gustar de todo lo que tenga sabor genuino, carácter propio. La universalidad no es el descastamiento: en el mundo de la utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima, de la lengua, de las tradiciones; pero todas estas diferencias, en vez de significar división y discordancia, deberán combinarse como matices diversos de la unidad humana. Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos.
Y por eso, así como esperamos que nuestra América se aproxime a la creación del hombre universal, por cuyos labios hable libremente el espíritu, libre de estorbos, libre de prejuicios, esperamos que toda América, y cada región de América, conserve y perfeccione todas sus actividades de carácter original, sobre todo en las artes: las literarias, en que nuestra originalidad se afirma cada día; las plásticas, tanto las mayores como las menores, en que poseemos el doble tesoro, variable según las regiones, de la tradición española y de la tradición indígena, fundidas ya en corrientes nuevas; y las musicales, en que nuestra insuperable creación popular aguarda a los hombres de genio que sepan extraer de ella todo un sistema nuevo que será maravilla del futuro.
Y sobre todo, como símbolos de nuestra civilización para unir y sintetizar las dos tendencias, para conservarlas en equilibrio y armonía, esperemos que nuestra América siga produciendo lo que es acaso su más alta característica: los hombres magistrales, héroes verdaderos de nuestra vida moderna, verbo de nuestro espíritu y creadores de vida espiritual.
[...] A fines del siglo XIX lanzó el grito de alerta el último de nuestros apóstoles, el noble y puro José Enrique Rodó: nos advirtió que el empuje de las riquezas materiales amenazaba ahogar nuestra ingenua vida espiritual; nos señaló el ideal de la magna patria, la América española. La alta lección fue oída; con todo, ella no ha bastado, para detenernos en la marcha ciega. Hemos salvado, en gran parte, la cultura, especialmente en los pueblos donde la riqueza alcanza a costearla; el sentimiento de solidaridad crece; pero descubrimos que los problemas tienen raíces profundas.
Debemos llegar a la unidad de la magna patria; pero si tal propósito fuera su límite en sí mismo, sin implicar mayor riqueza ideal, sería uno de tantos proyectos de acumular poder por el gusto del poder, y nada más. La nueva nación sería una potencia internacional, fuerte y temible, destinada a sembrar nuevos terrores en el seno de la humanidad atribulada. No: si la magna patria ha de unirse, deberá unirse para la justicia, para asentar la organización de la sociedad sobre bases nuevas, que alejen del hombre la continua zozobra del hambre a que lo condena su supuesta libertad y la estéril impotencia de su nueva esclavitud, angustiosa como nunca lo fue la antigua, porque abarca a muchos más seres y a todos los envuelve en la sombra del porvenir irremediable.
El ideal de justicia está antes que el ideal de cultura: es superior el hombre apasionado de justicia al que sólo aspira a su propia perfección intelectual. Al diletantismo egoísta, aunque se ampare bajo los nombres de Leonardo o de Goethe, opongámosle el nombre de Platón, nuestro primer maestro de utopía, el que entregó al fuego todas sus invenciones de poeta para predicar la verdad y la justicia en nombre de Sócrates, cuya muerte le reveló la terrible imperfección de la sociedad en que vivía. Si nuestra América no ha de ser sino una prolongación de Europa, si lo único que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotación del hombre por el hombre (y por desgracia, ésa es hasta ahora nuestra única realidad), si no nos decidimos a que ésta sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificación: sería preferible dejar desiertas nuestras altiplanicies y nuestras pampas si sólo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los dolores humanos, no los dolores que nada alcanzará a evitar nunca, los que son hijos del amor y la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infligen al débil y al hambriento. Nuestra América se justificará ante la humanidad del futuro cuando, constituida en magna patria, fuerte y próspera por los dones de la naturaleza y por el trabajo de sus hijos, dé el ejemplo de la sociedad donde se cumple la emancipación del brazo y de la inteligencia.
Publicado originalmente en La utopía de América (La Plata: Ed. Estudiantina, 1925)





Comentarios:
Es una propuesta que tiene validez permanente: la unidad en la diversidad, por encima de ideologismos y dogmatismos, aunque partiendo de una base: el mercado común
sin resignaciones nacionales de las fuentes energéticas ni entrega a los monopolios internacionales. El Mercosur no debe resentirse. Argentina y Uruguay tienen que elegir el mejor camino para integrar la tecnología en lugar de hallar en esta una
instancia de desencuentro
y riesgo de fractura.
Publicado por: Pedro Colgate | Mayo 11, 2007 11:21 AM
Me parece acertadísima la elección de la obra del pintor Joaquín Torres García, nacido en Montevideo en 1874, contemporáneo de Rodó y tal como este, gran impulsor de la utopía americana, para ilustrar el artículo sobre Henríquez Ureña. Creo, eso sí, que deberían haber mencionado al menos a quien las enciclpedias definen como " maestro de toda una generación". Atentamente. Eduardo Leonetti.
Publicado por: Eduardo Leonetti | Mayo 11, 2007 12:37 PM
Esta reminiscencia de Pedro Enríquez Ureña viene a propósito para fijar algunos mojones para la comprensión de la cultura ática (una pequeña parte de Grecia).
A) La organización política cuasi democrática de Solón (Siglo VI a.d.C.) contenida en su Constitución, y su obra de gobierno con su énfasis en el cambio de matriz productiva, la emisión de un nuevo sistema monetario y el sistema mercantil de intercambio de productos de alto precio y productos manufacturados por el trigo de Ucrania y Sicilia, es una obra humana, muy humana, del más alto nivel político que la humanidad haya alcanzado en la Edad Antigua. El resultado es un salto en el nivel de civilización de ese pueblo. El siglo XXI debe buscar desentrañar "los secretos políticos todavía no aprehendidos" de esta civilización si quiere lograr el "salto de civilización" que en este momento de atropellos y barbarie necesitamos todos.
B)Sócrates, Alcibíades, Platón y Aristóteles representan un periodo de decadencia de la cultura griega. Es increible pero los estudiosos europeos, incluidos los soviéticos, siguen considerando a Pericles una figura democrática. En realidad, Pericles representa también el político decadente. Acapara el poder por 30 años y lanza al Ática a la desastrosa "Guerra del Peloponeso" que prácticamente aniquila la cultura griega. La democracia ática termina en el "Imperialismo ateniense de Pericles y Alcibíades, el discípulo amado de Sócrates".
C) La democracia debe entenderse como un sistema codificado en el que la infracción o la omisión de alguna regla fundamental lo desvirtúa completamente. Los elementos fundamentales son:
1) Participación general de la ciudadanía en la administración del Estado y en su fiscalización.
2) Las funciones públicas deben ser rotativas y de corto tiempo, con un sistema de acceso ciudadano democrático y desprejuiciado en el que el sorteo juega un papel importante. Solón, el creado de la Civilización Humana fue "Arconte" por dos años, porque la reorganización política de "El Atica" le obligó a permanecer un año más.
3)El sistema de educación debe ser la más alta función formativa humana del Estado. Este sistema equitativo y racional por excelencia debe estar dirigido a conseguir que en la fase de mayor perfección política, cualquier ciudadano, mediante sorteo, pueda asumir las más altas dignidades públicas. educación del ciudadano. Las inequidades que afectan la psiquis humana, tales como los colegios particulares lujosos deben ser suprimidas ipso facto.
D) Un esfuerzo por penetrar en las profundidades del pensamiento político ático puede encontrarse en el trabajo "Alternativas Democráticas para el Nuevo Estado Boliviano" contenido en la página web: www.nuevopaisya.org.
Dante Gumiel Reyes, La Paz, Bolivia
Publicado por: dante gumiel | Mayo 11, 2007 01:23 PM
Me ha complacido mucho encontrar en la Agenda, un elogio de Enriquez Ureña, el gran maestro dominicano. El afirmó que España y Portugal son los únicos países de la edad moderna que discutieron la conquista. ("La Cultura en América Latina").
Su muerte es ejemplar. Corrió al tren que iba para La Plata, a dar sus clases, como explica el artículo. Al sentarse se desplomó por un ataque al corazón fulminante. Es curioso que su hermano, también profesor en otro país, muriera al subir las escaleras de la Universidad, donde enseñaba. El exilio es muy duro. Como docente su mejor lección para mi es cuando corregía en el tren, Pedro Enrique, los trabajos de los alumnos secundarios. Alguien le pregunta como él, con su enorme prestigio y ocupaciones perdia el teimpo viendo tan sencillas tareas. Respondió; Si no ¡cómo me doy cuenta si alguno está dotado para la literatura?. Al corregir o evaluar (como se dice ahora) miles, millones de pruebas y T Practicos, cuadernos, monografías y demás yuyos por una vocación, por un sueldo, me acuerdo de Pedro Enriquez Ureña. Laura Podetti.
Publicado por: Laura Podetti | Mayo 11, 2007 03:08 PM
Llegué a Pedro Henríquez Ureña, por la significativa transitividad que, un grande de nuestros días: RENE G. FAVALORO, quien -dicho sea de paso- como Gardel seguirá creciendo en la memoria paisana. Y, si bien conocidos son sus aportes a la medicina cardiovascular, no lo es tanto en el campo pedagógico o de la educación, como autor de una obra, que por lo que fuere, no ha sido lo necesario y suficientemente difundida, sobre todo en el magisterio argentino: "Don Pedro y la Educación" que publicó el Centro Editor-Fundación Favaloro en 1994.
Don "Pedro", obviamente, es Pedro Henríquez Ureña y en cuanto educación, hace, a partir del perfil de este educador dominicano, de América y de la Humanidad, un ensayo sobre la educación Argentina, con actitud crítica, hasta reformista de la propia "Reforma Universitaria" que desde lo corporativo se quedó en el 18. Tanto en 1930, como en 1955 a nuestros días. Es la misma universidad que reimplantó la Revolución Libertadora de 1955, que consolidó la Revolución Argentina del 66, pese a los bastonazos, que sólo dejaron marcas en quienes los recibieron. Porque el sistema universitario sigue igual. La breve instancia de Cámpora- Solano Lima-Taiana. No fue suficiente para un cambio estructural de un sistema de claustros, "terminal" y "agónico" en todos los sentidos, y, además, excluyente sin ser elitista, o sea más por defectos que por excesos. Con cimientos positivistas de fines del siglo XIX, el cientificismo que critica no sólo Varsavsky, hizo perder de vista lo formativo, el para qué de la educación universitaria, es decir "lo más importante" desde el punto de vista de los precitados, aparte de lo falso y verdadero y de las metodologías de cartabón, para resolver si "F" o "V" cuestiones evidentes, pero que es mejor "investigarlas" equipos de por medio que pensarlas comprometidamente con la verdad y la justicia.
René Favaloro, Pedro Henriquez Ureña, Eugenio María Hostos constituyen un "tandem" transitivo de antecedente a consecuente, sobre todo, en cuanto a humanismo, moral y espiritualidad. "Henriquez Ureña propuso el retorno al estudio de la filosofía, las letras y el arte griego" (Op, Cit. Pág. 42) Contrastante, obviamente con el pragmatismo imperante y las inmediateces de mercado. Pero -continúa Favaloro- "Su humanismo estaba muy lejos de ser pura contemplación ; exigía la participación a través de la militancia activa en búsqueda de la justicia con profundo contenido social" (Pág. 44)El mismo Don Pedro se encarga, desde la pluma de Favaloro, de decirnos la admiración que tenía por el educador portorriqueño Hostos, quien "murió de asfixia moral" Favaloro "remata": ¡Son tantos los que han muerto de asfixia moral en nuestra América! De nuestro recuerdo vale nombrar a Enrique Santos Discépolo "Mordisquito" y al mismo médico rural René Favaloro, genio del bay pass.
Desde "La Utopía de América" (Fragmento) que también registra Favaloro, puede leerse, que Don Pedro...puntualiza la unión iberoamericana, la Patria Grande de Bolivar, San Martín, Artigas, aún cuando en educación simpatice con Sarmiento. "La desunión es el desastre". El espiritu es el que ha triunfado sobre la barbarie de adentro y de afuera. Perseguimos la Utopía justicia social y libertad. "Unica esperanza de paz entre el infierno social que atravesamos todos" Debemos conciliar lo universal con lo nacional. Arturo Jauretche, lo logra formular, posteriormente, de ésta manera: "Lo nacional es lo universal visto por nosotros". No seamos apéndices neutros de europa, no aportemos sólo nuevos suelos a una vieja explotación. Emancipación del brazo y de la inteligencia. Seamos tierra de promisión. Nunca la uniformidad ideal de imperialismos estériles...Estas serán ideas esenciales, no sólo, en el pensamiento de Pedro Enriquez Ureña. Lo demás es para quienes gustan ver el árbol aún cuando les oculte el bosque.
Cordiales saludos. Eriberto De Pablo
Publicado por: Eriberto De Pablo | Mayo 25, 2007 06:26 PM