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Nº 359 - La fábula de los ciegos

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Por Hermann Hesse (1877 – 1962), suizo de origen alemán, Premio Nóbel 1946, texto gentileza de Angeles Rocío Tillet y de Isabel Osella

Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible.

Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.

Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Este los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.

Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.

Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.

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Comentarios:

me pareció muy apropiado, a esta época en que la dirigencia política encerrada en una campana para sanwiches opina de si misma sin ver ni oir, pero estos no son sordos ni ciegos, se hacen los sordos y ciegos, es claro lo que parecen ignorar es que están a la vista de todos y el pueblo no es ni sordo ni ciego...solo demora se demora algún tiempo en ver y oir...pero cuando lo hace...truena el escarmiento.

Muy apropiada la "fábula" de Hesse. No sólo en lo que atañe a los políticos argentinos, sino a todo grupo humano, sea en las artes o en otras ramas. El árbol, siempre, o casi siempre, es el mismo, y los ciegos y sordos abundan en demasía.


Es un buen cuento. Da para mucho.
Yo solo deseo agregar si la editorial me lo permite que existen diferentes tipos de ceguera, socialmente hablando.
Existen ciegos que desean seguir siéndolo y otros que desean tener conocimientos que los ayuden a discernir.
Eso solo se consigue con transferencia de conocimientos que ayudados por el sentido común y sin prejuicios puede cada uno saber si son confiables o no.
Existen en la historia muchos ejemplos de soluciones simples a cosas muy complicadas de esa manera.
" Dios nos hizo simples, pero los hombres complican las cuentas"
Y con respecto a la tiranía del ciego principal se condice con la Ley de los partidos políticos :" Un partido político es gobernado por una minoría, esa minoría al cabo de poco tiempo se transforma en una oligarquía partidaria y esa oligarquía en poco tiempo mas es la primera que atenta contra la democracia".

En fin....es una opinión.

atte. Un criollo

Las dictaduras no son buenas en ninguna parte del orbe, llevan al fracaso a toda organización social. Las libertades individuales deben ser respetadas. Por último debemos aceptarnos como somos, conocer nuestras virtudes y flaquezas, a fin de vivir plenamente, siendo realistas.

El cuento de Hermann Hesse llama a la reflexión sobre la debilidad política de Europa. Un político casi analfabeto que fue Hitler provisto de un panfleto que destilaba odio infantilista pudo adueñarse de la "supuesta gran nación alemana". Otro señor, cura perdido, Stalin, con la ideología marxista muy lineal y restringida, pudo dominar tiránicamente la grande y milenaria Rusia. Pienso que todos estos males se pueden superar si la investigación política del siglo XXI llega a redescubrimientos y planteamientos verazmente democráticos. Un intento en este sentido puede encontrarse en el trabajo: "Alternativas Democráticas para un Nuevo Estado Nacional" que se halla en la página web: www.nuevopaisya.org. Dante Gumiel Reyes, La Paz, Bolivia

Hermann Hesse fue genial en mi juventud y lo sigue siendo hoy después de 30 años. Veo en la fábula de los ciegos, cierta analogía con los hechos que hoy viven nuestros docentes santacruceños los que parecen salir de ésta fábula. Donde en esas tierras sureñas surgió un maestro (tuerto él) que pronunció discursos (progresistas), que creó un círculo restringido de consejeros y se convirtió de algún modo en un dictador que le quitó las limosnas (Capitalista de derecha) y que monta en cólera cuando la gente no piensan como él.
Hesse, también dijo en algún momento: “...Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros...”, creo que los docentes del sur hoy han perdido ese temor y se animan a más.

Creo que Hesse quiso decir que no puede crearse poder desde la exclusión. Toda "minoría" puede pelear por sus derechos, ser reivindicativa, pero no erigirse en un poder. Ejemplos: feministas, homosexuales, parapléjicos, etc. La literatura mundial trató bastante a los mendigos, los más libres de todos los excluídos.
Alcanzaron en sus mejores intentos ser un contrapoder difuso.
Nunca llegaron a partido político, ni a una sola ONG nacional. Carlos Marx condenó al lumpenproletariat como el enemigo interno principal de los obreros industriales. La moraleja de Hesse es que fatalmente se equivocarán, porque algo esencial les falta.
El hipermodernismo es muy generoso con ellos: les da estatus de minoría y así los castra. Su rabia jamás traspasará el límite natural de su carencia.
Lo anterior no se aplica cuando los excluídos son una mayoría, como es el caso argentino.
Porque estos no son ciegos ni homosexuales. Son una multitud sin trabajo, un inmenso lumpenaje posmoderno que Marx ni Perón imaginaron. No hay ya trabajo del cual regresar a la casa.

Esta es mi reflexión: Si bien el autor refleja el abuso de autoridad, leyendo comentarios de lectores me animan a pensar que tienen olor a autoritarismo ya que se anotan como excluídos dentro de las mayorías. Creo que esas personas no son la MAYORIA con su forma despectiva de mencionar a los otros que pertenecen a las minorías "excluídas". Gozan con la palabra lumpenaje pero se olvidan mencionar la palabra "NEOLIBERALISMO", verdaderas élites cuyas políticas destruyeron sistematicamente, y no por error, las economías y fuentes de trabajo de los pueblos latinoamericanos, respondiendo a intereses foráneos y propios.-

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