Nº 366 - El acorazado Potemkin

- | 14 de Junio de 2007 ≈ 7:02 | tamaño de texto | versión para imprimir

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La guerra ruso-japonesa comenzada por el Zar Nicolás II en febrero de 1904 con mucho orgullo y en gran parte con la intención de caldear los sentimientos nacionales, patrióticos y monárquicos, estaba irremisiblemente perdida. El ejército y la flota rusa fueron derrotados en toda la línea.

La opinión pública culpaba abiertamente a la incapacidad de las autoridades y a la podredumbre del régimen. No sólo el pueblo obrero, sino también todos los ambientes de la sociedad fueron ganados por la cólera y por el espíritu de revuelta que crecía día a día. El efecto fue fulminante. Bien pronto las pasiones se desencadenaron; la indignación no conoció límites; la efervescencia se hizo general. El gobierno, consciente de su derrota, guardaba silencio.

Aprovechando la situación, los liberales y los revolucionarios emprendieron una violenta campaña contra el régimen. De hecho, la prensa y la palabra se hicieron libres. Fue una verdadera conquista espontánea de libertades políticas. Diarios de todas las tendencias, incluso las más revolucionarias, aparecían y se vendían libremente, sin censura. El gobierno y el sistema todo eran criticados enérgicamente en ellos.

Los atentados políticos se sucedían con progresiva frecuencia. Violentas demostraciones y aun graves revueltas estallaban en diversas ciudades. En algunos lugares, .las barricadas hicieron su aparición. En muchas provincias los campesinos se sublevaban, desatando verdaderas represalias, quemando castillos, apoderándose de tierras, expulsando y aun asesinando a los propietarios.

El verano y el otoño de 1905 trajeron graves revueltas en el Ejército y la Marina. La sublevación y la epopeya del acorazado Príncipe Potemkin de Táurida, una de las más potentes unidades de la flota del mar Negro, el 14 de junio de 1905, cerca de Odessa, fue el episodio más saliente. El único baluarte de los regímenes decadentes, la fuerza armada, estaba dislocado; el país entero se levantaba más y más resueltamente contra el zarismo.

Los marineros del acorazado Potemkin soportaban duras e injustas condiciones de vida. La gota que colmó el vaso fue el intento por parte de los oficiales al mando de darles carne podrida para comer. Estallará entonces un motín. Se envió una fuerza naval contra el gran acorazado, pero los amotinados consiguieron escapar a Rumania. La revolución en Odessa fue brutalmente reprimida. El motín del Potemkin fracasó en conducir a una insurrección, lo que estaba implícito en la situación. Pero no pasó sin dejar su sello. Años después, soldados y marinos se sumarían de a miles a los soviets.

En agosto de 1905, luego de firmar una paz humillante con el Japón, y cediendo a algunas instancias, el emperador se decidió a reconocer ciertas libertades. Prometió también convocar una Asamblea Nacional representativa parlamentaria (Duma), con derechos muy limitados y mediante un sistema electoral muy restringido. El ministro del Interior Bulyguin fue encargado de prepararla y realizarla. Pero este paso tímido, tardío y manifiestamente hipócrita, no satisfizo a nadie. La agitación y las revueltas continuaron, y la «Duma de Bulyguin» no vio jamás la luz y él terminó por renunciar a fines de agosto.

Desde que comenzó octubre se habló de huelga general en el país, como preludio de la revolución decisiva. Esta huelga, que abarcó a toda Rusia, huelga formidable, única en la historia moderna, se declaró a mediados de octubre. Encarada y preparada desde hacía largo tiempo, fue organizada por el soviet supremo y, sobre todo, por numerosos comités de huelga. Fábricas, talleres, negocios, bancos, administración, astilleros, ferrocarriles y todas las vías de comunicación, postales y telegráficas, todo, absolutamente todo, fue paralizado. La vida del país quedó suspendida.

El gobierno, debilitado, cedió. El 17 de octubre de 1905 el zar lanzó su famoso manifiesto, donde declaraba solemnemente haber decidido conceder a sus «queridos y fieles súbditos» todas las libertades políticas y convocar lo más rápidamente posible a algo así como los Estados Generales: la Duma del Estado, para prestar colaboración al gobierno.
Era, en fin, la oscura promesa de un vago régimen constitucional. Algunos la tomaron en serio. Un partido octubrista se creó de inmediato, declarando aceptar, aplicar y defender las reformas anunciadas por el manifiesto.

La huelga cesó, el ímpetu revolucionario fue frenado y la impresión en el extranjero fue favorable. Allí se comprendió que, a pesar de todo, el gobierno del zar era todavía lo suficientemente fuerte para mantener en jaque a las fuerzas de la revolución.

Así, la tempestad había amainado, pero desbrozó y preparó el terreno, dejó huellas imborrables tanto en la vida del país como en la mentalidad del pueblo. El resultado de la conmoción fue, en concreto, la creación de la Duma. Pero además, sobre todo, creó las bases y condiciones de la revolución de 1917.

En 1925 una película muda narró con soberbia maestría los hechos del Potemkin. Fue dirigida por el padre del cine ruso y uno de los grandes realizadores del cine universal, Sergei Mikhalovich Eisenstein. Modelo de propaganda política, clase magistral de montaje, de movimiento de cámara y de narración, con escenas míticas como la estremecedora represión en las escaleras del puerto de Odessa, que sería después copiada como esquema para resolver secuencias de acción por infinidad de directores, algunas casi plano por plano. Técnica y artísticamente, una película a años luz de lo que en aquellos momentos se hacía. Obra fundamental insoslayable del séptimo arte, siempre de las primeras en las listas de las mejores películas de la historia.

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Comentarios.

  1. Miguel Irazoqui dice:

    Allá por los sesenta se vió mucho esta junto a otras joyas del cine, por entonces casi perdidas. Ocurre que aparecieron los “cine club”, que le disputaban una gran cantidad de público a los cines comerciales, que habían llegado a convertir al cine en un arte menor, con los bodríos comerciales que sostenían en cartelera. No sería para pensar algo asi en este tiempo? No habrá alguna manera de disputarles a las multinacionales actuales algo de ese espacio y asi poder tener en cartelera películas que ellos descartan? cuantos días se puede mantener en estos cines, por ejemplo a Pino Solana en cartel? Me parece que estaríamos en condiciones de empezar un movimiento cultural liberador, utilizando incluso la profusión de tecnologías que el mismo sistema nos brinda, no? Miguel Irazoqui

  2. dante gumiel dice:

    Las convulsiones políticas y sociales del tipo de la “Revuelta del Acorazado Potemkin” son producto de la malformación de los regímenes políticos a la que se añade su franca degeneración, como fue el caso zarista. En Bolivia estamos en un proceso de elaboración de una nueva Constitución Política del Estado para Refundar el Estado Nacional Boliviano. Es probable que en la nueva C.P.E. se inserte un artículo que prevea la revisión periódica de la ley fundamental, justamente para evitar conflictos sociales cruentos. Más información se puede encontrar en las páginas web: http://www.nuevopaisya.org http://www.eumed.net/eve/bolivia.htm

  3. Abel dice:

    La Revolución!… Desde 1789, en realidad un poco antes con sus grandes soñadores, Rousseau, Jefferson, en Occidente hemos mantenido un romance con ella. Pero fue desde 1905 que empezó a encontrar sus amantes a millares en todos los pueblos. La Revolución Rusa fue, tal vez, el punto más alto de esa pasión.
    Como yo también participé de esa hermosa aventura, no voy a berretearla. Después de todo, si hubiera una sola frase de Perón a rescatar, sería “No debería nacer un hombre que no tenga una causa noble por la cual luchar”.
    Pero no puedo - no debemos - olvidar que la pasión llevó a Stalin, el más cruel de los zares, y terminó en Yeltsin, uno de los más borrachos.
    Renegar del sueño? No. Pero asumir responsabilidad por las pesadillas que podemos causar; tratar de evitarlas; me parece, sin “humanismo burgués” el deber del que quiera plantearlas en serio.
    Rechazar el jacobinismo adolescente del Che, que creía que si el revolucionario tenía suficiente coraje y crueldad garantizaba el triunfo. En el fondo, mi fastidio no es con el Che, que puso su vida donde puso sus palabras, sino con todos los bardearon con el mito, de Fidel a Maradona, pasando por … tantos.
    Un abrazo, y disculpá la reacción, un poco automática
    Abel

  4. andres poggi dice:

    En relación a la rebelión de los tripulantes del Potemkin, es cierto señalar que , si bien se ampliaron libertades inexistentes en la Rusia imperial, tambien es cierto que la rebelión fundamental fue la de el levantamiento popular de octubre, casualmente el 17, de 1905.- Tambien es verdad histórica que la rebelión fue sofocada, con represión brutal y ciertas concesiones.-

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