Nº 375 - Guayaquil

- | 26 de Julio de 2007 ≈ 12:52 | tamaño de texto | versión para imprimir

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Por Antonio Jorge Pérez Amuchástegui, Crónica Histórica Argentina - Más Allá de la Crónica. Tomo 2. LXXXIX (Texto gentileza de Julio Fernández Baraibar y la Lista Reconquista Popular)

En torno de las Conferencias mantenidas por Bolívar y San Martín en Guayaquil los días 26 y 27 de julio de 1822, se ha encendido una intensa polémica.

La gran esperanza

Una vez tomadas las fortalezas del Callao y pacificado buena parte del territorio peruano, cobraba mayor fuerza la posición de San Martín en la América del Sur. Descontaba el Protector el apoyo incondicional de O’Higgins, y sabía, por diversos conductos, que si la política predominante en Buenos Aires le era hostil, tenía él amplísimo prestigio entre los caudillos de las provincias interiores y litorales del Río de la Plata. Hasta se decía que Bustos auspiciaba la designación de San Martín como Director Supremo, con el apoyo de los demás federales. Todo parecía indicar, a tanta distancia por lo menos, que la solución continental que auspiciara el Perú sería adoptada buenamente por Chile y, buena o malamente, por el Río de la Plata. Pero quedaba por saber qué haría la parte septentrional de la América del Sur, en donde Bolívar tenía indiscutida hegemonía. Allí la guerra había virtualmente terminado el 24 de junio de 1821 con la batalla de Carabobo, y todo hacía prever los triunfos futuros de Bomboná y Pichincha.

Por diversos testimonios sabía San Martín que también Bolívar aspiraba a la unificación de América independiente y que, si bien se había pronunciado por el régimen republicano, sentía la misma repugnancia que él por el federalismo dispersivo. Además, parecía indudable que la suerte de la causa emancipadora dependía, por el momento, de la acción conjunta de las fuerzas patriotas. En esa convicción resolvió entrevistar a Bolívar, y en el Bando por que delegaba el poder en Torre Tagle decía el 19 de enero de 1822: “Los intereses generales de ambos Estados, la enérgica terminación de la guerra que sostenemos y la estabilidad del destino a que con rapidez se acerca la América hacen nuestra entrevista necesaria, ya que el orden de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables del éxito de esta sublime empresa”.

En esos momentos tenía San Martín legítimas esperanzas en que Bolívar aceptara su plan monárquico para la América del Sur, o propusiera otra solución acorde con sus declarados propósitos de “estrechar y garantir mutuamente” los comunes intereses hispanoamericanos. Además, sabía que tenía una importante fuerza militar que lo respaldaba, y descontaba el apoyo de los países del cono sur. Con esas rosadas ilusiones salió de Lima el 8 de febrero, pero debió regresar cuando, en Huancacho, se enteró de que Bolívar había debido postergar el encuentro. Se impuso un compás de espera, y aparentemente se perdió un mes.

De la esperanza a la angustia

En el momento de su primera partida hacia Guayaquil, el Protector tenía motivos para hallarse eufórico. Contaba con el apoyo entusiasta de sus colaboradores militares y políticos, que se empeñaban en merecer el honor de ser aceptados en la aristocrática Orden del Sol y la pomposa Sociedad Patriótica. Lejos de condenar sus actos, todos aplaudían las actitudes del general victorioso, incluso sus decisiones de imponer por la fuerza a Buenos Aires los acuerdos de Punchauca, y la misión encomendada a García del Río y Paroissien para buscar en Europa una testa regia que debería coronarse en el Perú con miras a extenderse a todo el continente. Por el momento, sólo en corrillos circulaban las chanzas sobre el Rey José y La Protectora Rosa Campusano, y fue mal vista la petulante osadía de Cochrane de enfrentarse al general; incluso Las Heras protestaba ocultamente ante O’Higgins, sin atreverse a publicar su desagrado o su resentimiento contra San Martín. El Protector estaba firmemente apuntalado por las entidades que él mismo había creado, y a la cabeza de su partido se hallaba el genial Bernardo Monteagudo con su decisión irrebatible de desarraigar el espíritu español de Lima. Sin duda, todo permitía presagiar el papel hegemónico del Perú en el futuro imperio sudamericano, bajo la protección de San Martín, quien, conscientemente o no, insuflaba con sus proyectos monárquico-continentales las aspiraciones románticas de los peruanistas.

Pero en los cinco meses que siguieron a esa primera partida hacia Guayaquil, se sucedieron las noticias desgraciadas y los desastres tanto en el campo político como en el militar. La presión de los senadores obligó a O’Higgins a dejar de lado sus viejos compromisos con San Martín, quien quedó solo en su aventura monárquica (22 de febrero). Los auxilios militares esperados de Chile fueron demasiado flacos, mientras en Buenos Aires, en vez de lograr apoyo, se desató una campaña difamatoria contra San Martín, al amparo de Rivadavia. La ineptitud indudable de Tristán y Gamarra produjo la derrota en Ica y la pérdida de las mejores posibilidades para dominar el valle de Jauja y asegurar los Puertos Intermedios. Las doradas esperanzas que San Martín tenía en febrero de 1822 se habían trocado en angustiosa incertidumbre cinco meses después.

Los tratados de julio

Las negociaciones entre Mosquera y Monteagudo, iniciadas el 9 de mayo, no dejaron dudas de los propósitos republicanos que inspiraban al representante de Bolívar. En todo momento Colombia fue designada con el apósito de República, mientras el Perú se identificaba como Estado. Pero, de cualquier manera, quedó manifiesto en forma incuestionable el común propósito de que la América del Sur se constituyera en una entidad política unívoca, cuyos Estados soberanos quedaran indisolublemente ligados por pactos multilaterales que aseguraran una Confederación. A fin de cuentas, esa entidad podía evitar la dispersión secesiva, si todas las partes contraían el compromiso de apoyarse mutuamente para asegurar la estabilidad de los gobiernos de los distintos Estados y posibilitar el desenvolvimiento conjunto. Esas bases coincidían con los principios de unidad e independencia auspiciados tanto por Bolívar como por San Martín, y aseguraban al mismo tiempo la paz interior tan anhelada por ambos.

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Pero es claro que ese acuerdo entre Perú y Colombia daba al traste con las ilusiones que se habían forjado aquellos que veían en el plan monárquico-continental de San Martín la exaltación del peruanismo. Por el contrario, la situación crítica por que, en esos momentos, atravesaba el Perú, permitía inferir que la hegemonía pasaría a la poderosa Colombia. Y eso no podía ser tolerado ni por los jefes militares, ni por los caudillos políticos que tan lujuriosamente habían acariciado las perspectivas de predominio peruano. Entonces aparecieron los repúblicos -hasta el momento miembros conspicuos de las órdenes aristocráticas- con poses estucadas de jacobinos tardíos, comenzando por el copetudo José de la Riva Agüero, que detentaba la Intendencia de Lima. Y llovieron las imputaciones contra San Martín por haber desechado las Instrucciones del Senado chileno (que nadie conocía), y por haber adoptado decisiones inconsultas en los órdenes político y militar. Las bromas de La Palomita pasaron al plano de las obras, y hasta los miembros de la Logia se hicieron antimonárquicos, simplemente porque ahora la monarquía no los beneficiaba como futuros próceres del Imperio Sudamericano.

San Martín inspiraba, sin embargo, demasiado respeto e incluso demasiado miedo para lanzarse directamente contra él. Cabeza de turco fue, así, el formidable mulato Bernardo Monteagudo, ese “monstruo” que, imbuido de auténtico americanismo, había puesto en peligro la tricentenaria relevancia del Perú en los destinos del subcontinente meridional. Y lo que con San Martín constituyó, en un comienzo, el partido americano, quedó escindido por la aparición explosiva de un partido peruanista que no perdonaba a Monteagudo la firma de los tratados con Mosquera, y reclamaba para el Perú la espectabilidad que supuestamente había prometido San Martín. El 14 de julio, cuando el Protector se embarcó por segunda vez rumbo a Guayaquil, eran ya muchísimas las quejas contra el mulato, hasta el extremo de que San Martín proyectó relevarlo del cargo y enviarlo a una misión diplomática. Es bien sintomático que el 24 de julio circulara en Lima la sátira Aparición del Manco Capac -en donde la mordaz Sociedad del Buen Humor se despachaba a gusto contra el monarquismo supuestamente personalista del Protector- y el 25 haya hecho Riva Agüero, a través de Francisco Javier Mariátegui, la presentación ante Torre Tagle que dio por resultado la caída del “tiránico” Monteagudo.

La deposición de Monteagudo

La chispa que decidió la deposición del sacrificado ministro fue su resolución de reprimir fieramente a los españoles tras la derrota de la Machacona. Por eso mismo, todos se aferran a una declaración de Torre Tagle en donde manifiesta que esas medidas fueron las causantes del descrédito de Monteagudo. Así calza mejor la leyenda de que Torre Tagle era “débil e inepto”, que no supo poner freno a los excesos, y que San Martín, cuando regresó de Guayaquil, asumió el mando “con el solo objeto de echarlo, como reza la pergeñada carta que a su hora publicó Gabriel Lafond de Lurcy.

Pero la deposición de Monteagudo obedeció a causas mucho más profundas, aunque su rigor haya servido para aumentarle los calificativos de “arbitrario” y de autor de “muchas vejaciones” contra los “verdaderos patriotas”. La ausencia de San Martín fue bien aprovechada por el grupo peruanista para eliminar el brazo ejecutor de la política americanista, al hombre que acababa de comprometer la unidad sudamericana mediante la firma de los Tratados del 6 de julio con Colombia. Porque esos Tratados, muy contrariamente a lo que creen Ricardo Lévenle y otros, no tuvieron específicamente “un contenido de carácter militar”. La problemática fundamental de ellos consiste en establecer entre los Estados contratantes vínculos políticos de carácter permanente, para lo cual se adoptan moldes jurídicos adecuados que se respaldan con medidas de carácter militar. El contenido específico de esos Tratados no es, pues, militar, sino político, y apunta a asegurar la independencia y la unidad continental. Ambos tratados fueron aprobados enseguida por San Martín, y ratificados por Bolívar, previa autorización del Congreso colombiano, el 12 de junio de 1823, con algunas modificaciones meramente formales. Una de esas modificaciones fue la eliminación de la negativa a asilo por delitos políticos para aquellos “hombres turbulentos, sediciosos y enemigos de los gobiernos legítimamente constituidos por el voto de los pueblos, libre, quieto y pacíficamente expresado en virtud de sus leyes”; eso mismo indica que tal artículo fue propuesto por Monteagudo, fiel a una línea que San Martín ha marcado reiteradamente a través de copiosa correspondencia, según la cual los díscolos deben ser eliminados sin contemplaciones.

La Confederación Sudamericana

Hay aspectos de esos tratados que deben ser destacados muy especialmente, pues a partir de ellos queda manifiesta de manera categórica la intencionalidad continental del acuerdo logrado entre los representantes de San Martín y de Bolívar. Por el artículo primero, “la República de Colombia y el Estado del Perú se unen, ligan y confederan desde ahora para siempre, en paz y guerra, para sostener con su influjo y fuerzas marítimas y terrestres, en cuanto lo permitan las circunstancias, la independencia de la
nación española, y de cualquier otra dominación extranjera, y de asegurar después de reconocida aquélla, su mutua prosperidad, la mejor armonía y buena inteligencia, así entre sus pueblos súbditos y ciudadanos como con las demás potencias con quienes deben entrar en relaciones”. Por el artículo 4° se establece taxativamente el principio de la ciudadanía americana, sin que quede duda alguna de sus alcances, beneficio al que se suma la libertad de tránsito y de comercio, la liberación de impuestos de aduana y despacho, los auxilios de carácter financiero y militar, etc. Y el artículo 10° fija concretamente la obligación de ambos Estados de intervenir militarmente en el otro en caso de conmoción interior, con lo cual se derrumba estrepitosamente esa fábula que hace aparecer a San Martín como un precursor de la moderna doctrina de la “no intervención”.

Este pacto de unión efectiva, de Confederación activa y ejecutiva, debía servir de pauta para los demás Estados sudamericanos, pues el artículo 2° del Tratado Adicional obligaba a Perú y a Colombia “a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de los Estados de la América antes Española”, con el objeto de que éstos firmaran también el “pacto de unión, liga y confederación perpetua”; estos Tratados, de los que nadie se acuerda, son,
sin lugar a dudas, el principal punto de partida de la moderna política americanista, cuyos propulsores, muy a menudo, ignoran la poderosa ingerencia de San Martín, por obra de esa historiografía chauvinista que, en el afán de hacer de San Martín un héroe local, le quita su significado continental y su identidad de miras con ese otro coloso que fue Simón Bolívar.

De aquí en adelante se derrumbó el proyecto monárquico. Tanto, que el mismo Monteagudo, promotor principal, con San Martín, de la misión García del Río - Paroissien, escribirá el 15 de julio, nueve días después de haber puesto su firma junto a Mosquera: “Ya no hay sino un solo sentimiento acerca de la independencia de América, y en prueba de su universalidad, la única cuestión que ocupa a los que piensan es acerca de la forma de gobierno que convenga adoptar; el nombre del rey se ha hecho odioso a los que aman la libertad: el sistema republicano inspira confianza a los que temen la esclavitud: este gran problema será resuelto en el próximo Congreso: la voluntad general dará la ley y ella será respetada y sostenida”.

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Entrevista de Bolívar y San Martín en Guayaquil
Callignon. Grabado. Quinta de Bolívar. Bogotá.

La Conferencia de Guayaquil

No creemos preciso impugnar aquí la autenticidad de la llamada Carta de Lafond, pues de ella nos hemos ocupado con detalle en un estudio en el que, además, pusimos de manifiesto que esa carta (presuntamente enviada por San Martín a Bolívar el 29 de agosto de 1822) contiene expresiones que, a la sazón, no podía asentar San Martín, ni podían ser creídas por Bolívar en caso de haber sido escritas.

A mediados de julio de 1822 San Martín no podía dudar de cuál era el estado de la opinión chilena y porteña sobre sus proyectos de monarquía continental. Ya había recibido, sin lugar a dudas, la carta de García del Río fechada en Santiago el 21 de marzo de 1822, en donde éste le aconsejaba: “Me parece absolutamente indispensable que cuando Ud. regrese de su viaje entre otra vez en el mando y se reciba de él con la mayor solemnidad posible; enseguida proceda Ud. a la apertura del Congreso, y allí puede renunciar al mando político, sin que entonces tenga nadie que morder a Ud., ni que dé lugar a creer que el paso ha sido forzado”. Tanto sabía, que el 15 de mayo entregó al doctor José Cavero y Salazar las instrucciones a que debía sujetarse para obrar en Chile a fin de conseguir una vuelta del gobierno de Santiago hacia la política limeña ahora abandonada: “Explorará por todos los medios los secretos del Gobierno -dice el apartado 2° de esas Instrucciones que firman San Martín y Monteagudo-, tanto en las conversaciones privadas con el Supremo Director, ministros y además que influyan en aquél, cuanto por otros conductos, no olvidando que el bello sexo es muchas veces un medio eficaz para saber medidas, de otro modo impenetrables”; y en otra de las recomendaciones apuntaba: “Se valdrá principalmente de los editores de los papeles públicos, a quienes ganará con dinero u obsequios, para que apoyen decididamente la opinión política del Perú, o no la contradigan a lo menos”. Como se ve, el experimentado director de la guerra de zapa no había perdido su habilidad, y conocía bien los resortes que debía emplear su “servicio de inteligencia”.

Respecto de Buenos Aires, no podían ser más desalentadoras las noticias que había recibido de sus enviados, a quienes Rivadavia y su grupo trataron con marcado desdén. En cuanto a la opinión interna del Perú, no necesitaba informaciones especiales para advertir que incluso muchos de sus antiguos partidarios le habían quitado el apoyo; si, según dice un viajero, San Martín imitaba a Harem-al-Rachid en aquello de mezclarse de incógnito con las gentes, muchas cosas habrá oído en esas quietas calles de Lima. Y por fin, en lo que hace al ejército, allí está la declaración de Guido respecto de una categórica afirmación de San Martín: “Voy a decirlo: para sostener la disciplina del ejército, tendría que fusilar a algunos jefes; y me falta valor para hacerlo con compañeros que me han seguido en los días felices y desgraciados”.

Cuando a puertas cerradas, se realizaron las conversaciones entre los libertadores, Bolívar había resulto ya, de manera definitiva, el problema de la dependencia de Guayaquil, y nada quedaba por discutir sobre el particular. Como expresó San Martín, en esa cuestión Bolívar le había ganado de mano. Las conversaciones tuvieron que girar sobre problemas fundamentales, a menos que se crea que ambos hombres carecían de conciencia histórica y eran insensibles a los urgentísimos problemas que, a la sazón, afligían a la América del Sur. La común convicción de que la independencia y la unidad sudamericanas eran necesidades concurrentes, era ya un compromiso a cumplir en virtud de los Tratados del 6 de julio; y resulta hasta irracional suponer que ese candente tema quedara en el tintero.

En nuestro ensayo Ideología y acción de San Martín (Buenos Aires, EUDEBA, 1966) hemos sintetizado diversas consideraciones anteriores y, sobre la base de documentación fidedigna y nunca tachada de apócrifa, señalamos doce puntos indudablemente tratados en Guayaquil, a saber:

1) San Martín pidió a Bolívar apoyo militar.
2) Bolívar prometió a San Martín el envío de refuerzos.
3) San Martín se ofreció a servir a las órdenes de Bolívar, si ello era considerado conveniente para la consecución de los fines propuestos.
4) Desde todo punto de vista era inconveniente la presencia simultánea de San Martín y Bolívar en el Perú.
5) En las 36 horas que duraron las conferencia, se trazaron planes tendientes a asegurar “para siempre la libertad y la independencia de la América”.
6) El Perú debía agradecer eternamente a Bolívar por los diversos auxilios comprometidos.
7) San Martín aplaudió entusiastamente la federación continental “bien entendida”.
8) San Martín dimitiría definitiva e irrevocablemente al mando supremo del Perú.
9) Para Bolívar esa renuncia equivalía a “un sublime ejemplo de desprendimiento”.
10) Se discutieron problemas referidos concretamente al fin de la guerra y demás circunstancias concurrentes.
11) San Martín y Bolívar acordaron la necesidad de respetar el voto de los pueblos, únicos poseedores de la soberanía.
12) Se hizo alusión al problema de la dependencia de Guayaquil, sin insistirse demasiado en ello pues ya Bolívar había logrado el apoyo de la opinión multitudinaria favorable a la anexión a Quito.

Sobre los resultados logrados, tal vez nada es más elocuente que la declaración de Monteagudo: “El general San Martín -dice en sus Obras Políticas- salió a principios de julio para Guayaquil: él había empeñado su palabra al Libertador de Colombia, que vendría a tener con él una entrevista luego de que se aproximase al sur. Yo tomé un grande empeño en este negocio y me lisonjeo de ello, porque el resultada nada prueba contra mis miras: esperaba que la entrevista de dos jefes a quienes acompañaba el esplendor de sus victorias y seguía el voto de los hombres más célebres en la revolución, sellaría la independencia del continente y aproximaría la época de la paz interior: ambos podrían extender su influjo a una gran distancia de la equinoccial, uniformar la opinión del Norte y del Mediodía y no dejar a los españoles más asilo que la tumba o el océano. Por mi parte yo quedé lleno de estas esperanzas y a esto aludí, cuando dije en mi exposición del 15 de julio que nos hallábamos en vísperas de grandes acontecimientos políticos y militares”.

El “Secreto”

San Martín y Bolívar no cabían en el Perú, pero ambos estaban resueltos a llevar a la práctica los acuerdos a que habían llegado con los tratados del 6 de julio. Las perspectivas políticas del Perú eran tenebrosas, y la fuerza militar se había resquebrajado, junto con la disciplina, tras el desastre de ICA. Para asegurar la independencia y lograr la unidad continental tenía Bolívar muchas más posibilidades efectivas de éxito que San Martín, quien se había atado virtualmente las manos con el Estatuto Provisional que regulaba sus funciones de Protector. Las ambiciones despertadas entre los peruanistas llevaban a una secesión que condenaban por igual San Martín y Bolívar, y que el primero no estaba en condiciones de evitar. El previsible caos que se produciría en el Perú con la salida de San Martín daría a Bolívar la oportunidad de establecer manu militari el orden necesario para llegar a la independencia y la unidad deseadas. San Martín tenía que irse, y su partido sucumbir; sólo en esa forma quedaría Bolívar en libertad de acción para dar un vuelco radical a la política peruana, eliminando al mismo tiempo el peruanismo y el monarquismo. La grandeza de San Martín reside, precisamente, en aceptar su exclusión para lograr el fin común de independencia y unidad.

Y es del caso terminar ahora repitiendo la convicción que expusimos en La “Carta de Lafond” y la preceptiva historiográfica, a propósito de este sacrificado gesto de San Martín: “No se trata, no, de ceder el paso a la ambición personal de Bolívar, sino de dar por terminada su vida pública para posibilitar el logro de la alta y ponderable ambición común: independencia y confederación. Si San Martín sacrificaba a sabiendas su espectabilidad en crisis, Bolívar exponía a sabiendas su gloria fulgurante, cargando, además, sobre sus hombros, el peso íntegro de una responsabilidad suprema que no era sólo suya. El fracaso o el éxito del plan sería el fracaso o el éxito de Bolívar; San Martín, con su alejamiento, quedaba por encima del bien y del mal. ¿En dónde hay más heroísmo? La pregunta no merece respuesta: el heroísmo no es cuestión de grados, sino de actitudes; y las actitudes convergentes y simultáneas de los dos libertadores constituyen lo verdaderamente heroico”.

Y así cobra sentido cabal el escueto saludo que San Martín envió a Bolívar desde Mendoza el 3 de agosto de 1823, cuando su émulo entró en Lima: “Amigo querido: Deseo concluya Ud. felizmente la campaña del Perú, y que esos pueblos conozcan el beneficio que Ud. les hace. Adiós, mi amigo; que el acierto y la felicidad no se separen jamás de Ud., éstos son los votos de su invariable J. de San Martín”. Después de eso el Fundador de la Libertad del Perú entendió que su presencia en América era ya inútil, e inició los preparativos para marchar a Europa con el fin de trabajar, desde allí, en apoyo de esa misma libertad y unidad americanas que Bolívar debía imponer en el subcontinente meridional.

Antonio J. Pérez Amuchástegui

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Comentarios.

  1. Carlos Barragan dice:

    Pese a las enseñanzas obtenidas en la Fac.de Arquitectura, UBA, de donde egresé(1976), nunca habia tenido acceso a la información que ustedes publican. Se hace necesario que, a través de los medios masivos de comunicacion, y con la decidida accion del Estado Nacional, se realice una re-instruccion popular donde se pueda debatir y hurgar en esos lugares trascendentes de la historia que, la mayoria del Pueblo, desconocemos. Doy gracias a que puedo acceder a Internet y a que ustedes cumplen con un rol importante y accesible.
    Carlos Barragan

  2. Clara Flores dice:

    Hermoso artículo. Fui alumna de Perez A. Sabia muchísimo sobre el Libertador pero cuando filosofa era un desastre. “La carta de Lafond…” es una verguenza. La hizo para quedar bien en Caracas.

  3. Miguel Irazoqui dice:

    Lo expuesto en este artículo, a mas de poner claridad desde la posición que Uds. exponen, muestra una estrategia superior acordada por los Libertadores, que supera la que nos enseñaron en la escolaridad, de la simple grandeza en la renuncia. Ejemplo debiera ser para los líderes iberoamericanos actuales, el continente espera, los pueblos están en un momento único en la historia para dar el gran salto, las circunstancias mundiales son favorables…estarán estos dirigentes a la altura de los acontecimientos o deberemos esperar aún otros docientos años? alguien debiera recordarles que aún los pueblos tienen bronce para los grandes…y olvido para los pequeños… para los pequeños.

  4. Miguel Irazoqui dice:

    El artículo muestra, de acuerdo a esta proposición histórica, que hubo un acuerdo estratégico de los Libertadores, que supera la simple renuncia que nos enseñaron en la escolaridad. Estarán los líderes de Iberoamérica actual a la altura de los acontecimientos? alguien debiera recordarles que aún los pueblos tienen bronce para los grandes…y olvido para los pequeños…

  5. Dante Gumiel dice:

    La unidad sudamericana se hace ahora una necesidad y una posibilidad muy cercana. La Refundación de la República de Bolivia que se analiza y aprueba en la Asamblea Constituyente de la Ciudad de Sucre puede ser el inicio de un proceso irreversible muy favorable a la prosperidad común. Una ideología ad-hoc puede encontrarse en “Alternativas Democráticas para el Nuevo Estado Nacional” en http://www.nuevopaisya.org. Dante Gumiel Reyes

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