Nº 481 - Sor Juana

- | 12 de Noviembre de 2008 ≈ 17:43 | tamaño de texto | versión para imprimir

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[Investigación de la Biblioteca Cervantes Virtual]

El 12 de noviembre de 1648 nació en México Juana de Aguaje de San Miguel Nepantla. A los tres años pidió que le “diesen lección” y a los cinco sabía leer, escribir y contar.

La fama de Sor Juana Inés de la Cruz fue inmensa mientras vivió y la impresión de sus obras en España, tres tomos varias veces reeditados -2 ediciones-, de 1689 a 1725, y numerosas polémicas libradas en las dos Españas, es decir, la Nueva y la Vieja España, son prueba irrefutable de su celebridad.

A partir del segundo tercio del siglo XVIII su fama se fue diluyendo y en el siglo XIX los juicios despectivos estuvieron a la orden del día. El historiador mexicano García Icazbalceta hablaba de una absoluta depravación del lenguaje; el filólogo español Menéndez Pelayo de la pedantería y aberración del barroco, y el crítico mexicano Francisco Pimentel aseguraba que en el Seiscientos sólo hubo una persona en México que escribiera pasablemente, Sor Juana y, aún ella, «rara vez correcta» -pues-, «todo lo arrasa el gusto pervertido». José María Vigil la acusa de un «enmarañado e insufrible gongorismo», y, en el prólogo a la Antología de la Academia Mexicana de la Lengua, le concede menor espacio que a don Porfirio Parra, un positivista, que hoy sólo se conoce porque se le ha dedicado una calle.

El siglo XX ha demostrado en cambio un gran interés por ella y su obra volvió a frecuentarse y admirarse gracias a varios autores, entre los que se cuentan -para mencionar sólo a algunos- Amado Nervo, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Ermilo Abreu Gómez, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Dorothy Schöns, Ezequiel Adeadato Chávez , Karl Vossler, Ludwig Pfandl, Robert Ricard). Y a partir del trabajo extraordinario de Alfonso Méndez Plancarte -quien en 1951 inició la publicación de sus Obras Completas -se incrementó el interés sobre la obra de la monja (Antonio Alatorre, Ramón Xirau, Dario Puccini, Giuseppe Bellini, Elías Trabulse, Sergio Fernández, Georgina Sabat-Rivers, Marie Cécile-Benassy, Rosa Perelmuter, Jean Franco…) que culmina con Las Trampas de la fe de Octavio Paz a principios de la década del 80. Debido en parte a la importancia que han adquirido los estudios de género y al cada vez más profundo interés por los estudios coloniales, esa cantidad de escritos ha engendrado distintas consecuencias, a primera vista, una producción de ruido, la de multitud de voces «desconformes», como decía la propia Sor Juana, o la erección de una nueva Torre de Babel para sembrar la confusión, semejante a la construida por Calderón en algunas de sus obras dramáticas. Nuevos aportes asimismo y muy valiosos para descifrar enigmas acerca del tiempo que le tocó vivir a Sor Juana y suscitar cuestionamientos sobre su obra que aunque parezca imposible aún no habían sido planteados.

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Estas polémicas no sólo aportan nuevos y valiosos documentos para el estudio de nuestra Décima Musa, sino que, al ser analizados, realzan «un debate en torno al ejercicio de la libertad intelectual que, desde su celda en el convento de San Jerónimo de la ciudad de México, Sor Juana desató». Debate, hay que confesar, siempre necesario y siempre vigente. ¿Qué demuestran estas polémicas? Quizá sólo subrayen la desbordante riqueza poética y filosófica de El Sueño, así como las vastas ramificaciones y maravilla de toda su obra, además de su grande y justa celebridad (que ya en 1700 mereciera la edición extraordinaria del volumen tercero de sus obras en España, intitulado Fama y obras póstumas, honor que sólo Lope de Vega recibiera antes que ella), verificando así la necesidad de reexaminarla con mayor profundidad a la luz de otras figuras y disciplinas de su tiempo.

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Detalle de Sor Juana Inés de la Cruz
Miguel Cabrera, 1750
Óleo sobre tela; dimensiones: 2.07 x 1.48 mts.
Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec, Ciudad de México

Escuche la grabación sonora de los textos de Sor Juana
http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?portal=117&Ref=13752&audio=1

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Detente sombra

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

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Estos versos lector mío

Estos versos, lector mío,
que a tu deleite consagro,
y sólo tienen de buenos
conocer yo que son malos,
ni disputártelos quiero,
ni quiero recomendarlos,
porque eso fuera querer
hacer de ellos mucho caso.

No agradecido te busco:
pues no debes, bien mirado,
estimar lo que yo nunca
juzgué que fuera a tus manos.
En tu libertad te pongo,
si quisieres censurarlos;
pues de que, al cabo, te estás
en ella, estoy muy al cabo.

No hay cosa más libre que
el entendimiento humano;
pues lo que Dios no violenta,
¿por qué yo he de violentarlo?

Di cuanto quisieres de ellos,
que, cuanto más inhumano
me los mordieres, entonces
me quedas más obligado,
pues le debes a mi musa
el más sazonado plato
(que es el murmurar), según
un adagio cortesano.
Y siempre te sirvo, pues,
o te agrado, o no te agrado:
si te agrado, te diviertes;
murmuras, si no te cuadro.

Bien pudiera yo decirte
por disculpa, que no ha dado
lugar para corregirlos
la priesa de los traslados;
que van de diversas letras,
y que algunos, de muchachos,
matan de suerte el sentido
que es cadáver el vocablo;
y que, cuando los he hecho,
ha sido en el corto espacio
que ferian al ocio las
precisiones de mi estado;
que tengo poca salud
y continuos embarazos,
tales, que aun diciendo esto,
llevo la pluma trotando.

Pero todo eso no sirve,
pues pensarás que me jacto
de que quizá fueran buenos
a haberlos hecho despacio;
y no quiero que tal creas,
sino sólo que es el darlos
a la luz, tan sólo por
obedecer un mandato.

Esto es, si gustas creerlo,
que sobre eso no me mato,
pues al cabo harás lo que
se te pusiere en los cascos.
Y adiós, que esto no es más de
darte la muestra del paño:
si no te agrada la pieza,
no desenvuelvas el fardo.

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Alegoría de América y Europa. Anónimo (S. XVII).
Estampa (en Tesis de don Francisco Antonio Ortiz dedicada al mecenas duque de Albuquerque, 1660). Archivo General de la Nación de México, Secretaría de Gobernación

Verde embeleso

Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;

alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado,
y de los desdichados el mañana:

sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo;

que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

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Comentarios.

  1. clara dice:

    excelente. Es muy importante poder contar con material de grandes autores, clasicos…por momentos olvidados..

  2. Estela dice:

    Muy buena la recordación de esta pionera mujer, adelantada en todos los sentidos para su època que pagó un alto precio por el género que representaba. Sus obras de exquisita hechura son dignas de recordarse.
    Como siempre excelente Alejandro!!!
    Un abrazo.

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