Nº 512 - El primer sabio argentino Francisco Javier Muñiz (1795-1871)

Por José Luis Muñoz Azpiri (h) *
“Vivió en su patria precediendo su época en medio siglo”
Florentino Ameghino
Al hablar de los albores de la ciencia argentina, siempre que sea lÃcito de hablar de una ciencia “nacional”, pues si hay algo que realmente no tiene patria, eso es la ciencia; la figura de Francisco Javier Muñiz amanece en el firmamento de la República como el verdadero precursor de las ciencias naturales en el territorio rioplatense.
Dice José Babini que “la vida de este estudioso autodidacto tiene contornos heroicos: nacido en 1795, a los doce años es herido mientras lucha en la segunda invasión inglesa; ingresa en el Instituto médico-militar, de donde egresa en 1822 y participa como “médico y cirujano principal” en la guerra del Brasil; más tarde actúa en Cepeda donde es malamente herido, y luego en la guerra del Paraguay; muere en 1871 durante la epidemia de fiebre amarilla, que contrae al atender a un enfermo.”,(1) y añade, “aunque Muñiz actuó también después de Caseros como hombre público, profesor y decano de la Facultad de Medicina, su labor cientÃfica se desarrolló principalmente durante su permanencia en Chascomús en 1825 y en Luján entre 1828 y 1848″.
Curiosamente, cuando en 1885 Domingo Faustino Sarmiento reunió y publicó los escritos de Muñiz, omitió las principales referencias sobre el quehacer cumplido por el primer naturalista argentino en el perÃodo de la Confederación, preocupándose especialmente en silenciar todo indicio que mostrase la filiación federal del personaje. Pero no fue el único caso en la historia de nuestra cultura, ni siquiera en la más reciente.

Francisco Xavier Thomás de la Concepción Muñiz nació en San Isidro (provincia de Buenos Aires) el 21 de diciembre de 1795. Estudió filosofÃa, latÃn, fÃsica, matemática y medicina.. En 1821 ejerció como médico reconocido por el gobierno en la lejana guarnición de Patagones, distanciada de Buenos Aires por una suerte de “estado-tapón” indÃgena que recién en 1833, con la “Campaña al Desierto” de Juan Manuel de Rosas, encontrarÃa su ocaso. En 1825, por disposición del general Soler, marchó como cirujano al cantón de Chascomús donde surgió su vocación de paleontólogo, revelando la existencia fósil de un armadillo hallado en las orillas de la laguna homónima. Asà inició sus investigaciones sobre mamÃferos fósiles pampeanos que llamaron la atención de Charles Darwin, Germán Burmeister y Florentino Ameghino, quién, décadas más tarde, confesó “mis descripciones parecen copiadas de Muñiz”.
Su labor como médico no fue notable: fue simplemente excepcional para su época. En 1832 la Real Sociedad Jenneriana de Londres le otorgó el grado de socio correspondiente en mérito a sus estudios, dado que habÃa descubierto en los pezones de una vaca el cow-pox antivariólico, marcando un hito en la ciencia médica argentina y ganando para ella desde entonces un prestigio y un reconocimiento a nivel mundial, que solo una obstinación historiográfica partidista intentó silenciar por tratarse de un descubrimiento efectuado en la época de Rosas.
Jenner creÃa que sólo las vacas de Glowcester tenÃan el poder de transformadores del virus y que la humedad del terreno era condición para que se manifestara. Según Muñiz tales condiciones no eran esenciales. La eficacia de la vacuna argentina se demostró especialmente en las 1.847 personas que el Dr. Justo GarcÃa Valdez, administrador de la vacuna en Buenos Aires, vacunó en el año 1841 con material facilitado por Muñiz. El hallazgo argentino fue reconocido por el doctor Juan Epps, director del la Real Sociedad Jenneriana, con un elogio al informe de Muñiz: “El presenta también - decÃa Epps - una hermosa evidencia corroborativa (respecto a la descripción de La vacuna según se ha presentado en Buenos Aires) de la perfección de la descripción de Jenner: y ofrece además el hecho que la Vejiguilla Vacuna, como toda composición quÃmica, tiene la misma constitución atómica, el mismo carácter, en cualquier parte del mundo que se haya presentado”.
Si las epidemias de viruela hacÃan estragos entre los europeos y sus descendientes, que de alguna manera poseÃan defensas orgánicas ya sean heredadas biológicamente (los europeos que arribaron a las orillas de América eran portadores naturales de esas defensas porque sus ascendientes sufrieron en carne propia esos flagelos y otros durante los siglos XIV y XV en el Viejo Continente), o por mejor alimentación, en el medio aborigen estas epidemias eran arrasadoramente mortales, ya que no hubo ningún tipo de inmunización anterior y la dieta era de subsistencia (entre los europeos la mortandad llegaba a un 20%, entre los indios un 80%).
Todo esto es por demás conocido, pero no en cambio que la vacunación antivariólica haya llegado a las tolderÃas. Jorge Oscar Sulé destaca:
“No sabemos con precisión a partir de que fecha se inició la inoculación de la vacuna entre los distintos grupos indÃgenas. Sà sabemos por el diario “El Lucero” del 4 de enero de 1832 que Rosas recibió una distinción de la Sociedad Real Jenneriana de Londres, institución oficial que tuvo entre sus objetivos la divulgación y propagación de la vacuna antivariólica, el cultivar la memoria del sabio médico Eduardo Jenner que descubrió y perfeccionó el antÃdoto, como asà también distinguir a quienes la promovÃan.
Dicha institución cientÃfica, puso en conocimiento del gobierno de la Confederación Argentina que su gobernador don Juan Manuel de Rosas habÃa sido designado “Miembro Honorario” de esa Sociedad “en obsequio de los grandes servicios que ha rendido a la causa de la Humanidad, introduciendo con el mayor éxito la vacuna entre los indÃgenas del paÃs”
Si la información de esta distinción llegó al RÃo de la Plata en enero de 1832 es dable suponer que hacia 1831 o antes la introducción de la vacuna en los medios indÃgenas ya era una práctica generalizada y un hecho conocido.
SaldÃas, refiriéndose a una época inmediatamente después del parlamento que Rosas tuvo por el Tandil (circa fines de 1825 y comienzos de 1826), afirma:

“En esas circunstancias se habÃa desarrollado la viruela en algunas tribus. Como resistieran la vacuna, Rosas citó ex profeso a los caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para que los indios en tropel estirasen el brazo, por manera que en manos de un mes recibieron casi todos el virus”.
Es conocida también la información que suministra el embajador inglés en Buenos Aires Sir Woodbine Parisch y que vuelca en su libro “Buenos Aires y las provincias del RÃo de la Plata”, cuando relata que en uno de los tantos parlamentos efectuados por Rosas en la Chacarita de los Colegiales hacia 1831 suministró la vacuna a muchos indios que integraban la comitiva de caciques pampas y vorogas. Manuel Gálvez, en su obra conocida, asienta un número estimativo de ciento cincuenta vacunados.”
Pero fue la permanencia en Luján, donde Muñiz habÃa sido designado en 1828 como médico por el gobernador Dorrego, cuando se desarrolla la fecunda labor de trabajos paleontológicos, sacando a luz, como dice Babini “el extraordinario mundo fósil sepulto en las barrancas de su rÃo”. Allà reunió, clasificó y estudió abundante material, en el que hay restos de megaterios, mastodontes, elefantes, toxodontes, milodontes y gliptodontes; un material apreciable que en 1841 obsequia al gobernador Rosas, coleccionado en 11 cajas cuyo contenido dio cuenta la Gaceta Mercantil (Ameghino insistirá más tarde que no fue un obsequio, sino un despojo, pues Rosas habrÃa obligado a Muñiz a hacer la pretendida donación). Y Rosas, magnánimo, obsequió dicha colección al almirante francés Juan Enrique José Dupotet - jefe de la escuadra de Francia en el Plata y reemplazante de Leblanc -, lo que ha dado lugar a severas crÃticas por parte de los antirrosistas. Señala FermÃn Chávez:
“Coincidimos con Ivern cuando puntualiza que la entrega de tan valioso material a Francia fue hecha por Rosas, seguramente, con el doble fin de cicatrizar heridas de guerra y de demostrar la capacidad cientÃfica argentina a una potencia que nos habÃa creÃdo colonizables. Desde el punto de vista de la ciencia nada se perdió con el obsequio, ya que el envió fue a poder precisamente de la nación que era el principal centro de estudios paleo-óseos, con sabios como Paul Rivet. Si hubo protestas de algunos naturalistas, como Florentino Ameghino, hay que tener en cuenta que de aquel centro cientÃfico provinieron las refutaciones a ciertas conclusiones de éste último. Por lo demás nadie se ha roto las vestiduras porque el propio Muñiz ofreciera en venta a Darwin otra colección, o por la donación de el mismo explorador de Luján de otros fósiles a la Academia de Ciencias de Estocolmo, hecha en 1861″.
En el Museo de ParÃs, a la sazón el centro de estudios paleontológicos más importante del mundo en ese momento, las piezas fueron estudiadas por Henri Gervais. La otra parte de la colección fue a Londres por mediación de Woodbine Parisch. Muñiz prosiguió con sus trabajos y finalmente depositó, en 1857, sus nuevas colecciones en el Museo Público de Buenos Aires.
Es de tener en cuenta que el marco de la época no era precisamente idÃlico, con guerras y bloqueos internacionales contra el paÃs (casi dos mil dÃas) y continuos enfrentamientos de dos facciones en pugna. Eran tiempos brutales, no muy diferentes a los actuales, con la diferencia que se actuaba sin hipocresÃa. Si alguien hubiera propuesto como consigna en alguno de los bandos, algo asà como “los argentinos somos derechos y humanos”, se le hubieran descompuesto de risa.

Las batallas entre unitarios y federales solÃan ser muy cruentas, casi siempre los pocos sobrevivientes del ejército derrotado eran ejecutados, luego se les cortaba la cabeza y se la exhibÃa como escarmiento. Ambos bandos acostumbraban a castrar a sus enemigos, a cortarles la lengua, las orejas o arrancarles la barba con piel. Mas allá de las exageraciones de los relatos, abundaban las cabezas decapitas enviadas como obsequio, y la pasión por el degüello quedó reflejada en el cancionero federal:
Al que con salvajes
Tenga relación,
La verga y degüello
Por esta traición;
Que el santo sistema
De Federación
Les da a los salvajes
ViolÃn y violón
Es comprensible que en ese clima la tarea de recoger huesos constituÃa ya no una excentricidad, sino directamente una actividad de lunáticos. En consecuencia, no deberÃamos ruborizarnos tanto por la actitud de Rosas, habida cuenta que a lo largo de toda nuestra historia hubo personajes que regalaron el paÃs entero.
Tal vez el descubrimiento paleontológico más importante de Francisco Javier Muñiz fue, según los historiadores de la ciencia, el del “tigre de las pampas”, el tigre fósil por él descrito en 1845, en informe que publicó la Gaceta Mercantil. Se trata de la especie que él llamó Muñifelis Bonaerensis, estudiado también por Kaup, Owen, Lund, Cuvier y Blainville, y que en la actual nomenclatura cientÃfica se denomina Smilodon bonaerensis (Muñiz). El entusiasta naturalista recogió cerca de Luján, en 1837, un esqueleto imperfecto de dicha especie. Charles Darwin, al recibir un informe de Muñiz sobre ella, comentó en su respuesta al médico de Luján: “Su espécimen sobre el Muñiz-felis debe ser horrible. Sospecho que será un Machaerodus, del cual hay algunos fragmentos en el Museo Británico, procediendo de las Pampas”.
También encontró Muñiz en Luján huesos de un caballo fósil, bajo el esqueleto de un megaterio. Y otra novedad fue el hallazgo de un árbol fósil en la pampa, que anunció a diversos naturalistas y museos. Las determinaciones del sabio argentino eran exactas, según determinó Germán Burmeister.
En 1833 Darwin pasó por Luján, localidad donde en ese momento residÃa Muñiz. No se conocieron personalmente, no obstante, más tarde los dos naturalistas mantuvieron una correspondencia cientÃfica que inició Darwin al expresar el deseo de poseer mayores informaciones respecto de la “vaca ñata”, curiosa especie doméstica que habÃa observado en sus viajes y que le habÃa interesado vivamente. Muñiz contestó con precisión las preguntas de Darwin y las respuestas fueron utilizadas en la segunda edición del Viaje, asà como más adelante en el Origen de las Especies, de 1859.

“Hace algún tiempo - le dice Darwin en carta del 28 de febrero de 1847 - que Ud. tuvo la fineza de mandarme por Mr. E. Lumb algunos informes muy curiosos, y para mà de mucho valor, sobre la vaca Ñata. Agradeceré cualquier otra información sobre cualquiera de los animales domésticos del Plata, como el origen de algunas razas de aves, chanchos, perros, ganados, etc.”. Durante años las comunicaciones entre ambos sabios fueron frecuentes, también le hizo llegar una verdadera curiosidad: la descripción del terremoto que se produjo en la campaña de Buenos Aires el 19 de octubre de 1845, “extraordinario fenómeno de nuestras pampas” como lo llamó Muñiz. Con el tÃtulo de Descripción del fenómeno y teorÃa relativa, apareció dicho trabajo en La Gaceta Mercantil del 26 de febrero de 1846. Su autor observó que ella “podrÃa servir algún dÃa de apéndice a la Historia FÃsica del paÃs”.
Por esa época Muñiz dio fin a sus Apuntes topográficos del territorio y adyacencias del Departamento del Centro de la Provincia de Buenos Aires, con algunas referencias a los demás de su campaña, con datos interesante sobre la geologÃa, la geografÃa, la etnografÃa y la medicina social. Respecto a las observaciones geológicas sobre la formación pampeana, confesarÃa más tarde Ameghino: “Mis descripciones, demostrando que los mamÃferos extinguidos quedaron sepultados en el barro de antiguas lagunas, perecen copiadas de Muñiz. Es que ambos, con cuarenta años de intervalo, hemos escrito sobre el terreno, con el cuerpo del delito a la vista, que da siempre una idea distinta de la que se hace el sabio desde el bufete. En el mismo caso se encuentran muchas otras observaciones de Muñiz exactÃsimas, pero que sólo se conocen desde un cortÃsimo número de años.”
En realidad, existe un discurso subyacente en la obra de Muñiz: la ciencia concebida como articulación entre la labor polÃtica y la tarea de imaginar una nación. Ya desde principios de la emancipación surge la necesidad de conformar un discurso, una literatura fundacional, que superara la crisis cultural producida por la expulsión de los jesuitas, primero, y por el fraccionamiento del espacio colonial, después. Se impone la obligación de construir un universo simbólico centrado en el espacio, y en ello, adquiere particular importancia el elemento telúrico, el paisaje, en particular “la pampa se convierte en proverbial escenario para el nacimiento del orden nuevo de la nación”.
Alejandro Kohl, en una acertadÃsima interpretación de este perÃodo fundacional, resalta el verdadero propósito de Muñiz: “La intencionalidad a todos los escritos es poner de manifiesto la existencia de la nación Argentina. Para ello, el autor apela de diferentes modos a la reivindicación de lo autóctono y, en especial, al estudio de la naturaleza. Se trata de una naturaleza concebida como terruño, como suelo propio; sus descripciones y comparaciones buscan, en última instancia, resaltar los tesoros naturales existentes en el propio suelo. Esa simbologÃa consagra el espacio por medio de la elaboración de una concepción cosmogónica de la nación, en que realidad se funda con lo natural. El gaucho representa aquà una figura subsidiaria del paisaje, cuya presencia reafirma ciertos aspectos entrañables del suelo patrio”.
Esta necesidad de destacar la singularidad de la nación, a partir de detallas descripciones del entorno natural, se expresa claramente en un trabajo de 1848, publicado en La Gaceta Mercantil, en varias entregas: El ñandú o avestruz americano, estudio exhaustivo y, al decir de FermÃn Chávez “verdadera joya de fresco estilo hipocrático”, en que nuestro animalito es objeto de toda suerte de minuciosas observaciones. Sus abundantes descripciones se encuentran enriquecidas por un tono de polémica permanente, debido a las comparaciones con animales similares de otras latitudes, mostrando en cada caso algún elemento distintivo de la fauna local o, lisa y llanamente, su superioridad.
Incluye los antecedentes de una camperÃa en las pampas bonaerenses y un estudio sobre la salubridad de la carne de ñandú, y sus preparaciones. (Actualmente, en los mejores restoranes de Buenos Aires, es consumida por el turismo como una delikatessen autóctona). En el capÃtulo que dedica a la domesticidad del Struthio Americanus de Linneo propone la crÃa y conservación de la especie, luego de dar la razón de su escasez, que no era otra que las “boleadas” o cacerÃa mediante el empleo de boleadoras.

Esta arraigada costumbre campera fue el origen de numerosas calamidades, como la quemazón de campo, como modo de enviar una señal convenida de antemano. Esta práctica adquirÃa proporciones de verdadero peligro cuando, por cualquier circunstancia imprevista, sobretodo por el cambio de la orientación del viento, el incendio alcanzaba una extensión considerable. Al mismo tiempo las corridas desenfrenadas de aquel gran número de jinetes, provocaban inquietud y el alboroto de las haciendas, tal vez aquerenciadas con el trabajo de años en campos que todavÃa no conocÃan el alambre. De ahà las disparadas, desplazamientos y entreveros de animales de distintos dueños, cuyo necesario ordenamiento posterior era motivo de grandes trabajos que ocupaban bastantes dÃas de hombres y caballos. Por eso las autoridades, tanto por el requerimiento de los propietarios rurales como por la evidencia que la extinción de la especie significaba privar a la provincia de una fuente de riqueza, dictaron varias disposiciones represivas.
Si por su ciencia Muñiz fue universal, por sus creencias es resueltamente local. El lenguaje de lo autóctono, la lengua gauchesca entendida como proceso de regionalización de la cultura, también será estudiada por nuestro autor. En 1848 tenÃa Muñiz ya reunido el léxico gaucho, producto de su permanente y largo contacto con el habitante de la campaña: una especie de apéndice al diccionario de la lengua, que tituló Voces usadas con generalidad en las Repúblicas del Plata, la Argentina y la Oriental del Uruguay. En este léxico Muñiz definÃa las siguientes palabras: Abajera, Amadrinarse, Aparte, Bagual, Batea, Bocado, Bolas, Boleadora, Botas de Potro, Cascarrias, ChapÃn, Charque, Chiripá, Gaucho, GauchipolÃtico, Horquilla, Madrina, Manga, Mangrullo, Orejano, Ovejero, Pasajero, Palenque, Palo a Pique, Parejero, Payar, Rancho, Recado, Redomón, Rodeo, Tambo, Tapera, Tirador, Tientos, Trajinar, Vichador, Vizcachera y Yaguané.
Finalmente, es de destacar un trabajo de particular significado escrito circa 1822, su Noticia sobre las islas del Paraná, que Muñiz recorrió probablemente hacia 1822, publicado recién en 1925, con un mapa que parece también pertenecerle y que serÃa también el primer mapa especial sobre esas islas. Aparte de las descripciones arqueológicas que contiene, en él consigna su fauna y su flora y destaca que tales islas estaban todavÃa pobladas por animales feroces. Habla de nogales, naranjos, yerba mate y lugares “muy propicios para el cultivo del arroz”. Lamentablemente, hasta el momento se dan como perdidos o extraviados textos suyos con descripciones de las polvaredas de 1832 y de las inundaciones de Luján en 1838, asà como también estudios sobre el cólera y la fiebre amarilla. Quiera Dios que alguna vez aparezcan en algún anaquel perdido de un archivo o biblioteca pública o en el remate de una colección privada.
Francisco Javier Muñiz enalteció la incipiente ciencia argentina con su curiosidad omnÃvora y con la rigurosidad de su trabajo. Con él, el territorio de la república adquirió una nueva dimensión. Su actividad creadora, su dimensión cientÃfica, se desarrollaron estrechamente con las necesidades y caracterÃsticas del medio ambiente que lo rodeó. Fue el primer sabio que, mediante acertadas observaciones y conclusiones, dio respuestas concretas a los arcanos de la pampa.
(1) No fue hasta 1927 que, gracias al cientÃfico cubano Carlos Finlay, se supo que el agente transmisor de la fiebre amarilla era el mosquito Aedes aegypti. En el siglo XIX, este desconocimiento llevó a creer a los médicos que la enfermedad se contagiaba por las miasmas o vapores que emanaban de los cuerpos de los muertos. Más precisamente, en la epidemia de fiebre amarilla que azotó Buenos Aires en 1871, creÃan que los vectores eran los inmigrantes italianos. Las minorÃas suelen ser inculpadas en estos casos cuando se ignoran las causas de este tipo de fenómenos, tal como sucedió en el Medioevo con las comunidades árabes y judÃas que, dado sus hábitos higiénicos prescriptos en el ritual religioso, eran menos propensos que los europeos para contraer males como la “peste negra”, que azoló a Europa.
En Buenos Aires, en tan solo seis meses, murieron 14.000 personas sobre una población estimada en 200.000 habitantes, aproximadamente. Según los historiadores, la fecha de iniciación de la epidemia fue el 27 de enero de 1871 con tres casos identificados por el Consejo de Higiene Pública de San Telmo. Debido a esto, las personas de clase adinerada que antes vivÃan en ese barrio, se mudaron hacia el norte de la ciudad, por lo que San Telmo fue tomado por los inmigrantes italianos y españoles. La gran cantidad de muertos devino en la creación del cementerio de la Chacarita, ya que el llamado Cementerio del Sur no daba abasto. Hay muchas teorÃas sobre por qué se dio esa epidemia en Buenos Aires, pero la principal es que la ciudad avanzaba hacia una mayor urbanización y el hacinamiento de personas y la poca limpieza fueron la perfecta combinación para que el mosquito se reprodujera y contagiara de fiebre amarilla a la población.

*José Luis Muñoz Azpiri (h)
Investigador, periodista y escritor, ha cursado estudios de Historia en la Universidad del Salvador y de AntropologÃa en la Universidad de Buenos Aires y la Escuela Nacional de AntropologÃa e Historia de México. Es autor de “Soledad de mis Pesares (Crónica de un despojo)”, “Homero Manzi, el hombre y su tiempo” y co-autor de “Malvinas, la otra mirada”. Ejerce el periodismo en diversos medios nacionales y extranjeros y actualmente se desempeña en el área de Prensa y Difusión del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”.










14 de Marzo de 2009 | 7:09 am
Estimado Alejandro (me permito este trato amistoso porque siento proximidad afectuosa aun sin conocerlo personalmente), hace bastante tiempo que recibo sus envÃos. Nunca he mandado un comentario, no por otra razón que el entender que no contaba con información útil para aportar. Hoy sólo quiero hacerle llegar mi agradecimiento por su sana costumbre de airear la casa de nuestra historia. Es curioso, pero si a este texto de Muñoz Azpiri se lo recortara con ánimo de facción, podrÃamos tener de Rosas, Ameghino, Muñiz o Darwin perfiles de héroes o de villanos. Son estos textos no concesivos los que nos ayudarán a formar una conciencia nacional en toda su magnitud dialéctica. Muchas gracias. Eduardo.
14 de Marzo de 2009 | 11:34 pm
Pepe:
Lo tuyo, como siempre de “primer nivel”
16 de Marzo de 2009 | 2:12 pm
Es ésta una de las más vÃvidas semblanzas de Francisco José Muñiz; una aproximación interesantÃsima no sólo al magnÃfico aporte hecho por ese sabio al conocimiento cientÃfico sino también un razonado comentario sobre las dificultades con que esa tarea fue hecho y las limitaciones que la época imponÃan. Felicito con todo entusiasmo al autor y también a ustedes.
17 de Marzo de 2009 | 3:21 pm
[...] opiniones, disensos ‹ - | 17 de Marzo de 2009 ≈ 7:48 | tamaño de texto -+ | versión para [...]
28 de Abril de 2009 | 1:43 am
Nadie pone en duda la sabidurÃa cientÃfica de grandes como Darwin o el sr. Florentino Ameghino como tampoco las del sr. Francisco Muñiz.
Pero son gente dedicados más bien a las ciencias naturales, a la antropologÃa, a los descubrimientos relacionados con la información biológica del pasado.
Siempre que se habla de “sabios”, se saca a relucir insttantáneamente a los cientÃficos ya sea de esta discplina como de la medicina.
¿Que lugar ocupan los filósofos en estos escalafones de opinión?
¿Quien es el mayor filósofo de la historia de Argentina?
Poco se sabe de ellos. Se conocen a José MarÃa Ramos MejÃa, a Ezequiel Martinez Estrada y a José Ingenieros…pero…(no podemos incluÃr a los filosofos mediáticos inventados por la televisión de los últimos tiempos por una cuestión de respeto al sentido común. Tanto de Argentina como de extranjero).
Si serÃa interesante que los hacedores de estos blogs, que son de gran mérito por los temas que tocan, se ocupen de buscar al verdadero y único sabio filosófico argentino de hoy, que es, sin ninguna duda: Rodolfo Garavagno.