N° 577 - Jung: crónica de un viaje psicodélico

- | 17 de Noviembre de 2009 ≈ 12:06 | tamaño de texto | versión para imprimir

Cuando ya era un psiquiatra exitoso, Carl Jung se perdió en la niebla de su propia mente: visiones y voces lo acosaban. Registró esa crisis durante 16 años en un texto secreto. Celosamente silenciado por décadas, el Libro rojo acaba de editarse en inglés, como “la obra inédita más influyente en la historia de la psicología”.

Por Sara Corbett

CARL JUNG, 1961. El fundador de la psicología analítica en Zurich, poco tiempo antes de morir. Al recordar su crisis, un “cara a cara con el inconsciente”, lo comparaba con un experimento con mezcalina.

Esta es la historia de un libro de casi cien años de antigüedad, encuadernado en cuero rojo y que ha pasado el último cuarto de siglo guardado en la bóveda de un banco suizo. El libro es grande y pesado y su lomo tiene grabadas letras doradas que dicen Liber Novus, que en latín significa Libro nuevo. Sus páginas son de un grueso pergamino color crema y están llenas de pinturas de criaturas de otro mundo y diálogos manuscritos con dioses y demonios. Si uno no conociera el origen del libro, lo podría confundir con un volumen medieval.

Y, sin embargo, entre las pesadas tapas del libro, se desarrolla una historia muy moderna. Es la que sigue: El hombre llega a la mediana edad y pierde el alma. El hombre sale en busca de su alma. Tras un sinnúmero de didácticas penurias y aventuras -que tienen lugar en su cabeza- vuelve a encontrarla. Algunos opinan que nadie debería leer el libro y otros que deberían leerlo todos. La verdad es que nadie lo sabe. La mayor parte de lo que se ha dicho del libro -qué es, qué significa- es producto de conjeturas, porque, desde el momento en que se lo comenzó en 1914 en un pueblito suizo, sólo unas dos docenas de personas han logrado leerlo o echarle una ojeada. De los que lo vieron, al menos una persona, una inglesa culta a quien se le permitió leer parte del libro en los años 20, consideró que contenía una sabiduría infinita -”En mi país, hay personas que lo leerían de cabo a rabo sin detenerse a respirar”, escribió-, mientras que otra, una figura literaria muy conocida que le dio un vistazo poco después, lo halló fascinante e inquietante y llegó a la conclusión de que era obra de un psicótico. Por eso, durante casi todo el siglo pasado, pese al hecho de que se lo consideraba una obra crucial de uno de los grandes pensadores de la época, el libro existió sólo como un rumor, arrebujado en la maraña de su propia leyenda, venerado y visto como un enigma.

Es por eso que una noche lluviosa de noviembre de 2007 tomé un vuelo en Boston y cabalgué sobre las nubes hasta despertarme en Zurich y llegar a la salida del aeropuerto a la hora aproximada en que abría la casa central del Union Bank of Switzerland. En aquel momento, se estaba produciendo un cambio: el libro, que había pasado los últimos 23 años en una caja de seguridad de la bóveda subterránea del banco, estaba siendo envuelto en una tela negra y colocado en el interior acolchado de un discreto maletín con ruedas. Pasó rodando frente a los guardias hasta salir al sol y al aire diáfano y frío, donde se lo cargó en un auto que velozmente se lo llevó.

Sé que esto parece el comienzo de una novela de espías o una película sobre el robo a un banco, pero en realidad es un relato sobre el genio y la locura, sobre la posesión y la obsesión, en el que un objeto -este viejo y extraño libro- deambula entre todo eso: el Libro rojo secreto de Carl Jung -escaneado, traducido al inglés y anotado- está disponible desde este mes, publicado por W. W. Norton y promocionado como “la obra inédita más influyente en la historia de la psicología”.

Descenso al infierno

Carl Jung fundó el campo de la psicología analítica y, junto con Sigmund Freud, fue responsable de popularizar la idea de que la vida interior de una persona merecía no sólo atención sino una esmerada exploración, concepto que desde entonces ha llevado a millones de personas a la psicoterapia. Freud, que comenzó como maestro de Jung y luego se convirtió en su rival, veía a la mente inconsciente como un depósito de deseos reprimidos, que luego podían ser codificados, caracterizados como patológicos y tratados. Con el tiempo, Jung llegó a ver la psiquis como un lugar intrínsecamente espiritual y fluido, un océano donde se podía pescar en busca de iluminación y cura.

Lo haya querido o no, hoy día Jung -que se consideraba un científico- es recordado más como ícono contracultural, como defensor de la espiritualidad fuera de la religión y un adalid de los soñadores y los buscadores, lo cual le ha valido tanto el respeto como el ridículo póstumos. Las ideas de Jung sentaron las bases del conocido test de personalidad de Myers-Briggs e influyeron en la creación de Alcohólicos Anónimos. Sus dogmas fundamentales -la existencia de un inconsciente colectivo y el poder de los arquetipos- se han filtrado en el pensamiento New Age, pero permanecen en los márgenes de la psicología tradicional.

Jung pronto se vio enfrentado no sólo a Freud sino también a la mayoría de los que se dedicaban a su especialidad, los psiquiatras que constituían la cultura dominante en esa época y hablaban el idioma clínico de los síntomas y los diagnósticos tras los cerrojos de los pabellones para enfermos mentales. La separación no fue fácil. Cuando sus convicciones empezaban a cristalizarse, Jung, que en aquel momento era un hombre exteriormente exitoso y ambicioso con una joven familia, un próspero consultorio privado y una elegante casona junto al lago Zurich, sintió que su mente comenzaba a vacilar y tambalearse, hasta que finalmente cayó en una crisis que cambiaría su vida.

Lo que a continuación le ocurrió a Carl Jung ha dado lugar, entre los jungianos y otros estudiosos, a perdurables leyendas y controversias. Se lo ha interpretado como una enfermedad creativa, un descenso a los infiernos, un ataque de locura, una autodeificación narcisista, una trascendencia, una crisis de la mediana edad y una perturbación interior que reflejaba el cataclismo de la Primera Guerra Mundial. Sea como fuere, en 1913, Jung, que entonces tenía 38 años, se perdió en la niebla de su propia mente. Lo acosaban perturbadoras visiones y oía voces interiores. Ante el horror de lo que veía, por momentos temía estar “amenazado por una psicosis” o “haciendo una esquizofrenia”, según sus propias palabras.

Más tarde compararía este período de su vida -este “cara a cara con el inconsciente”, como lo llamaba- con un experimento con mezcalina. Decía que las visiones le llegaban como un “río incesante”, que eran como piedras que le caían en la cabeza, como una tormenta eléctrica, como lava fundida. “Muchas veces tuve que tomarme de la mesa”, recordaba, “para no caerme a pedazos”.

Como psiquiatra y alguien con una veta decididamente rebelde, trató de derribar el muro que separaba su yo racional de su psiquis. Durante seis años, Jung se esforzó por impedir que su mente consciente bloqueara lo que quería mostrarle su inconsciente. Entre las consultas con sus pacientes, después de cenar con su mujer y sus hijos, cada vez que tenía una hora o dos, Jung se sentaba en el escritorio tapizado de libros del segundo piso de su casa e inducía las alucinaciones -que él llamaba “imaginaciones activas”. “Para comprender las fantasías que se agitaban en mí ’subterráneamente’”, escribió Jung más tarde en su libro Recuerdos, sueños, reflexiones, “sabía que tenía que zambullirme de cabeza en ellas”. Se descubrió en un lugar liminal, tan lleno de riqueza creativa como de posibilidades de destrucción, que, según creía, era la misma zona fronteriza que transitaban los locos y los grandes artistas.

Jung lo registró todo. Primero tomó notas en una serie de pequeños diarios negros y luego interpretó y analizó sus fantasías y las escribió con un tono majestuoso y profético en el librote de cuero rojo. Este detallaba un viaje desenfadadamente psicodélico a través de su propia mente, una progresión vagamente homérica de encuentros con seres extraños en un paisaje de ensueño curioso y cambiante. Escribiendo en alemán, llenó 205 páginas con cuidada caligrafía y pinturas de ricos colores y sorprendente detalle.

Lo que Jung escribió no pertenecía a su anterior canon de ensayos desapasionados y académicos sobre psiquiatría. Ni tampoco era un diario hecho y derecho. El libro era una especie de moralidad fantasmagórica, surgida del deseo de Jung no sólo de trazar un mapa del manglar de su mundo interior sino también de traer consigo sus riquezas. Fue esto último -la idea de que una persona podía oscilar provechosamente entre los polos de lo racional y lo irracional, la luz y la oscuridad, lo consciente y lo inconsciente- lo que constituyó el germen de su obra posterior y de lo que llegaría a ser la psicología analítica.

El libro cuenta la historia de cómo Jung trató de enfrentar los demonios que surgían de las sombras. Los resultados son humillantes y a veces desagradables. En él, Jung recorre la tierra de los muertos, se enamora de una mujer que luego resulta ser su hermana, es aprisionado por una serpiente gigantesca y, en un aterrador momento, devora el hígado de un niño. (”Trago con desesperados esfuerzos -es imposible- una y otra vez… casi me desmayo… ya está”.) En determinado momento, hasta el demonio dice que Jung es aborrecible.

Trabajó en Libro rojo de manera intermitente unos 16 años, hasta mucho después de superada su crisis personal, pero nunca logró terminarlo. Se impacientaba pensando qué hacer con él y preguntándose si debía publicarlo o guardarlo en un cajón. Pero respecto de la importancia de lo que contenía el libro, Jung no tenía dudas. “Toda mi obra, toda mi actividad creativa”, recordaría después, “proviene de esas primeras fantasías y sueños”.

Cuando Jung murió en 1961, no dejó instrucciones específicas sobre qué hacer con él. Su hijo Franz, arquitecto, el tercero de sus cinco vástagos, se hizo cargo de la administración de la casa y decidió dejar el libro donde estaba. Más tarde, en 1984, la familia lo trasladó al banco. Cada vez que alguien pidió ver el Libro rojo, los familiares dijeron, sin titubear y a veces sin decoro, que no. El libro era privado, afirmaban, una obra estrictamente personal.

Sonu Shamdasani, un historiador residente en Londres, se acercó a la familia con una propuesta de editar y publicar el Libro rojo en 1997, momento que resultó oportuno. Franz Jung acababa de morir y la familia estaba golpeada y aturdida por la publicación de dos libros controvertidos y muy comentados escritos por un psicólogo estadounidense llamado Richard Noll, quien planteaba que Jung era el profeta autoproclamado y mujeriego de una secta aria de culto al sol y que varias de sus principales ideas habían sido plagiadas o se basaban en falsas investigaciones. Shamdasani se presentó con la moneda de cambio indicada: dos borradores parciales (sin ilustraciones) del Libro rojo escritos a máquina que había descubierto en otra parte. Uno descansaba en la biblioteca de una casa del sur de Suiza, hogar de la anciana hija de una mujer que había trabajado para Jung como transcriptora y traductora. Halló el segundo en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale. El hecho de que fueran copias parciales del Libro rojo significaba dos cosas: una, que Jung lo había entregado al menos a algunos amigos; y dos, que el libro, considerado confidencial e inaccesible durante tanto tiempo, en realidad no era inhallable. El fantasma de Richard Noll y de todos los que quisieran ensuciar el nombre de Jung citando selectivamente pasajes del libro se perfiló en el horizonte. Con o sin la bendición de la familia, el Libro rojo se haría público en poco tiempo, “probablemente”, escribió inauspicioso Shamdasani en un informe a la familia, “de manera sensacionalista”. Durante dos años, Shamdasani fue y vino de Zurich, tratando de convencer a los herederos de Jung. Tuvo almuerzos, tomó café y dio una conferencia. Finalmente, luego de tensas deliberaciones en el seno de la familia, Shamdasani recibió un pequeño sueldo y una copia en color del original del libro y la autorización para comenzar a prepararlo para su publicación, aunque debió firmar un estricto acuerdo de confidencialidad. Después de vivir prácticamente a solas con el libro durante casi una década, Shamdasani -amante del buen vino y las complejidades del jazz- ahora tiene el aspecto ligeramente azorado de alguien que acaba de encontrar la salida de un enorme laberinto. Cuando lo fui a ver este verano, estaba agregando al Libro rojo la nota al pie número 1.051. “Es el reactor nuclear de todas sus obras”, dijo Shamdasani y destacó que los conceptos más difundidos de Jung -entre otros, su creencia en que la humanidad comparte un caudal de sabiduría antigua que denominó inconsciente colectivo y la idea de que las personalidades tienen componentes tanto masculinos como femeninos (animus y anima)- hunden sus raíces en el Libro rojo. La creación del libro también llevó a Jung a reformular la forma en que trabajaba con sus pacientes, como testimonia una referencia que Shamdasani encontró en el libro autopublicado escrito por una ex paciente, en la que esta recuerda el consejo que le dio Jung para procesar lo que se desarrollaba en las zonas más profundas y a veces aterradoras de su mente.

Después de escaneado, el libro regresó a su bóveda del banco, pero volverá a trasladarse, esta vez a Nueva York, acompañado por un grupo de descendientes de Jung. En los próximos meses se expondrá en el Museo de Arte Rubin.

En el Libro rojo, luego de que el alma lo exhorta a aceptar la locura, Jung todavía tiene dudas. De pronto, como ocurre en los sueños, el alma se convierte en un “profesor pequeño y gordo”, que manifiesta una especie de preocupación paternal por Jung.

Jung le dice: “Yo también creo que me he perdido por completo. ¿Verdaderamente estoy loco? Todo es terriblemente confuso”.

El profesor responde: “Ten paciencia, todo saldrá bien. De todos modos, duerme bien”.

© The New York Times y Clarín, 2009. Traducción de Elisa Carnelli.

Publicado en la Revista Ñ

Jung Básico

Suiza, 1875-1961.
Fundador de la Psicologia Analítica

Médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis y posteriormente, fundador de la escuela de Psicología analítica, Carl Gustav Jung fue un hombre corpulento, de risa estentórea y afición por lo experimental. Le interesaban los aspectos psicológicos del espiritismo, de la astrología, de la brujería. Mientras trabajaba en el hospital de psiquiatría Burghölzli de Zurich, Jung escuchaba con atención los desvaríos de los esquizofrénicos y pensaba que contenían las claves de verdades tanto personales como universales. Afirmaba que los sueños ofrecían una narración rica y simbólica que surgía de las profundidades de la mente. En determinado momento, comenzó a percibir que el alma humana -no sólo la mente y el cuerpo- necesitaba un cuidado y un desarrollo específicos, idea que lo arrastró a un territorio habitado por poetas y sacerdotes. Escribió entre otros libros: Sobre la psicología de lo inconsciente, De la esencia de los sueños, El hombre y sus símbolos.

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Comentarios.

  1. Gustavo dice:

    Excelente artículo. Enigmática historia de un libro y de un autor que, literalmente, no podía con su propio genio.
    Gracias!

  2. Pilar de La Rosa dice:

    Es reinteresante. Hace muchos años leí “Lo Inconciente” (Losada) y me aterró, sus descubrimientos y exploraciones, en las que coicidía con otros psicológos, eran como de ciencia ficción.
    Sostiene en ese libro, que algunos profesionales llegaron a suicidarse en su sumersión en ese mundo subterráneo. Al parecer (Autobiografía) llegó a su diferencia con Freud, a traves de un sueño que le demostró claramente las etapas del inconciente en forma simbólica, lógico-
    No conocia el articulo, es muy sugerente Recomiendo leer la “Autobiografía”, revela videncias y otras cosas…
    El Cristianismo conoce hace siglos estas profundidades, San Ignacio, (s XVI) al crear los Ejercicios Espirituales, al parecer con influencia oriental, ya busca ahondar en ese mundo para visualizar a Cristo. Hay zonas dentro de nosotros que no conocemos y mejor que no las conozcamos. O el hombre no es ¿ángel y demonio. El mal no es un diablito con cola y olor a azufre, es horroroso y autor de todos los crímenes y crueldades de la humanidad, lo afirma Bendicto XVI. Contesta que cree en el demonio porque el hombre no seria capaz de tales aberraciones. Los santos y videntes reservaron muchas cosas. Olían el mal, algunos conocieron brevemente la oscuridad llamada infierno. El libre albedrío es un don, puede ser una pesadilla Pilar

  3. Eduardo Morguenstern dice:

    Mi opinión como psiquiatra e investigador en neurociencias niega la absoluta posibilidad de que Carlitos Jung haya sufrido esquizofrenia (las razones son obvias para el especialista…) u otra forma de psicosis. No se detecta en ninguna de sus abundantísimas líneas la menor indicación de desvarío y sí una minuciosa aplicación del sentido lógico en el tratamiento y consideración en la forma más objetiva que se pueda académicamente exigir. La psicosis se exhibe en el comportamiento y no en el tratamiento de las propias fantasías. Ese campo, caldo de cultivo de las creaciones artísticas, es privado, connatural a toda persona humana y no tiene necesariamente que ser medido con detectores de salud/enfermedad siempre que ellas no condiciones un comportamiento inadaptado o bizarro, que sí justifican el diagnóstico de psicosis.

  4. irene muñoz dice:

    Por favor, pueden decirme dónde se puede conseguir, si se puede, una versión en español. He leído mucho a Jung y se inglés pero no creo que un pensamiento tan complejo pueda ser bien entendido en una segunda lengua.

  5. GABRIEL FELIZZOLA dice:

    me parece misterioso, subyugante, atrevido, transgresor, apasionado, valiente y creo que muchas cualidades mas. Esto hace, como ha sucedido a lo largo de la historia de los hombres; que sea juzgado y sentenciado, porque genera miedo cuando alguien expone carnalmente al hombre en su sociedad y como se relaciona con el mundo. Entrar en los planos del espiritu, creo que genera tambien muchos y variados juicios, poprque es dificil de comprender y casi diria hasta inexplicable…hay que vivenciarlo, y es una manera mas, no la unica para tener la posibilidad de llegar al alma: lugar inmaculado, precioso, perfecto, inmortal. Siempre queda y no importa para mi, la demostracion cientifica. La apoyo y es necesaria, ahora sin la experiencia de animarse a meterse en el si mismo, creo que hay menos comprension de algo sagrado, como es el ALMA. Gracias por el articulo y por permitirme compartir…

  6. Jose Elbert dice:

    Jung, uno de los discípulos más destacados de Sigmund Freud, junto a Adler y Ferenczi, era un apasionado de la psicología, pero con una fuerte tendencia a descompensarse y entrar en una serie de fantasías rayanas con lo delirante. Así fue que en sus confusiones, terminó haciendo una mezcla entre lo científico y lo místico, que lo marginaron del mundo científico mas “serio”. Sus opiniones fueron tomadas, distorsionadas y propagandizadas por el régimen nazi, seguramente sin su consentimiento, lo que además le significó el marginamiento del mundo científico, de ahí en adelante
    Es un pensador importante, que no ha hecho grandes aportes a la clínica.

  7. Sandoval Louis dice:

    Es una obra mayor eso es seguro, y si este es atacado es por personajes que fieles a Freud no le perdonan a Jung un instante de acercamiento con los primos arios de Israel; en donde el indica que Israel esta en tren de volverse un pueblo crepuscular, si no varia sus habitos espirituales de volverse el unico y supremo pueblo.
    Esto es imperdonable por los discipulos de Freud justo hasta hoy. Incluye esto al lado de Freud al mismo Einsten.
    La historia espiritual de Occidente se balancea justamente entre ese Jung de una humanidad colectiva; y ese condescendiente patrimonio dejado por Darwin y continuado por Freud basado en el individualismo y supremacia del fuerte y “elegido”. Estas fuerzas se desgarran en la 2 guerra. Y son el patrimonio de una continuidad de la historia mecanica y politica que se opone al patrimonio espiritual y sapiencial de los pueblos que queda excelentemente de nuevo manifestado con Paul Diel y sus obras. En donde de nuevo regresamos al Mito interior de nuestras vidas y sus reglas para encontrar el espiritu elegido como matiz de maternidad y parto interior que brota como un acto ordenador ante el desorden dividido de la vida producto de una humanidad competetitiva y contaminante no solo materialmente si no que intelectualmente tambien.

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