Nº 605 - Vidas paralelas

Por Pola Suárez Urtubey y adnCultura de La Nación
El día que llegó al mundo Fryderyk Chopin, el 1° de marzo de 1810, debió aparecer alguna señal en el cielo de Europa. Por lo menos así le gusta conjeturar a nuestra fantasía de seres comunes y supuestamente normales. Como fue hijo de padre francés y madre polaca, fue reivindicado por los polacos como una gloria nacional, mientras los franceses lo hicieron uno de los suyos. Por eso André Gide reconocía en su obra una iluminación que le venía de los ancestros maternos, y al mismo tiempo un carácter de fuerte tradición paterna.
Ocurre además que es difícil ubicar a Chopin en alguna de las dos tendencias que enfrentaron a gran parte de los románticos: un ideal conflictivo, enigmático, sumergido en un bosque de antinomias, con una concepción programática de la música, al estilo Berlioz; o por el contrario, aunque más cerca de él, el culto por la música como lenguaje autónomo, sin lastre literario y anecdótico, protagonizado por Mendelssohn y luego por Brahms.
La historia se encargó, durante décadas, de crear una imagen tormentosa de Chopin, convirtiéndolo en paladín del romanticismo desordenado y frenéticamente confesional. Sin embargo, quienes se aplicaron tan sólo a estudiar a fondo su música, advirtieron que sus composiciones exhiben, por el contrario, una afanosa búsqueda de lógica, de claridad y perfección formal, junto a un agudo sentido de las proporciones.
Es que además gran parte de su correspondencia nos lo muestra indiferente a aquellas polémicas estéticas. A través del piano, el vehículo fundamental de su existencia, Chopin fija un estilo y abre caminos. Su melodía, ante todo, es única y no puede ser confundida con la de ningún otro creador. Ella emana de la expansión del arabesco lineal, que se enriquece gracias a la ornamentación, al melisma, a la variación, tal como la diseñaban Rossini y Bellini en ese mundo de la ópera que tanto amaba. A su vez, mientras el ritmo otorga una profunda pulsación a su melodía, la improvisación sobre el teclado lo orientó hacia una formidable evolución del proceso armónico, al punto de convertirlo en el primer gran armonista del siglo. Lo seguiría Franz Liszt.
Mazurcas, valses, nocturnos, polonesas y baladas, sonatas, preludios y scherzos. Todo ese repertorio resume a Chopin. Y el siglo XXI, a medida que cada nuevo intérprete, cada nuevo amante, lo descubre, renueva la alegría de extasiarse con un creador absolutamente irrepetible en su genialidad. Hoy recordemos su bicentenario. Nos hará mucho bien en medio de tanta desmesura que nos cae desde arriba.

Tenía 88 años y toda una vida dedicada a tender puentes entre la música académica y la música popular. Hace unos días falleció nuestro Ariel Ramírez.
“A los cuatro años, un día me metí en un cuarto prohibido, donde entre un montón de animales embalsamados vi por primera vez un piano. Puse los dedos sobre las teclas… y ya no los saqué más”, contaba. Cuarto entre los seis hijos que tuvieron Rosa Blanca Servetti y Zenón Ramírez, nació en Santa Fe el 4 de septiembre de 1921. Era una casa-escuela, literalmente: los dos padres, los abuelos y los tíos eran maestros, y la familia vivía en la planta alta de la misma escuela donde trabajaba don Zenón. Ahí fue el descubrimiento del piano: enseguida, el padre lo puso a estudiar con Angélica Velarde.
Ella le enseñó un repertorio de clásicos -Beethoven, Schumann, Haydn, Mozart-, con el que de adolescente se luciría en tertulias familiares. Tenía que recibirse de maestro, ésa era la consigna familiar. Después podría hacer lo que quisiera. Y ocurrió uno de los encuentros que lo marcarían para siempre: conoció a Arturo Schianca. “Esa noche que lo escuché tocar el piano me cambió la vida. Me enteré de lo que era la música. Tendría sesenta y tantos años y un dominio de los ritmos folclóricos tradicionales sureños que me volvió loco. Cuando tocó su Danza de las espuelas yo no podía creer lo que estaba escuchando. Una estructura pianística perfecta y además una música que te tutea, habla tu lenguaje, el idioma de la llanura y la gente que vive allí. Fue una experiencia muy fuerte: yo era de una manera y a partir de Schianca fui de otra”.
Dos días duró Ramírez como maestro: “Era cuarto grado. Varones. Todos pedían ir al baño. El primer día, yo accedí. Me llamó la directora: no debía dejarme engañar. Al otro día, un niño pidió ir al baño. Se lo negué. El chico se hizo encima… Allí me di cuenta de que eso no era para mí”. Radicado en Córdoba, prefirió tratar de vivir de la música. A cambio de un sueldito, tocaba folclore del sur y del litoral por LV3, cuando se produjo el otro encuentro decisivo: con Atahualpa Yupanqui. Era 1941.
“Vino a la pensión de estudiantes donde yo vivía con mis amigos Raúl y Chonchón Mothe. No sé cómo vino: creo que era conocido de ellos. Yo, por supuesto, me senté al piano y le toqué todo. Me escuchó con mucha atención y en una de esas me dijo: ‘Tóquese una zamba’. ‘Zambas no sé’, le dije. “Me falta ir al norte para aprender con los guitarreros del lugar. Pienso hacerlo apenas junte unos pesos”. Al día siguiente me mandó a la pensión un pasaje de tren a Jujuy, un billete de diez pesos, la indicación de un hotel donde cobraban dos por día y los nombres de tres personas que podían ayudarme. Le dije chau a LV3, me fui a Jujuy y el primero nomás que llamé me llevó con él a Humahuaca y me instaló en su casa”.
Era el musicólogo Justiniano Torres Aparicio. Ramírez se quedó un año en su casa y viajó por Tucumán, Salta, Jujuy y Bolivia. Siempre con el objetivo de seguir aprendiendo los secretos del folclore, también vivió en la región cuyana, sobre todo en Mendoza. “A los pocos días de llegar a Tucumán compuse La tristecita. Cuando la dueña de casa oyó lo que estaba tocando, me dijo: “Pero qué zamba tan tristecita”. Y así quedó. Cuando Ricordi me la editó sentí la mayor satisfacción de mi carrera”. Esa zamba estuvo, en 1946, en el primero de los 21 discos que grabó para la RCA Víctor.
Ya era conocido en Buenos Aires como pianista de Radio El Mundo, pero todavía le faltaba Europa. En 1950 viajó a Roma: vivió ahí, también en Madrid, y tocó por todas partes. Barcelona, Santander, Roma, Cambridge, Utrecht, Amsterdam, Viena, Hamburgo, Londres fueron algunas de sus innumerables escalas; en el Vaticano lo recibió el Papa Pío XII. Después de haber vivido en Perú, en 1955 volvió a la Argentina para organizar la Compañía de Folklore Ariel Ramírez, donde brillaron, entre otros, Los Fronterizos y el charanguista Mauro Núñez. En esa etapa compuso temas como Los inundados, Volveré siempre a San Juan, La última palabra o Allá lejos y hace tiempo. En 1964, el impacto de la Misa Criolla terminaría de darle prestigio internacional. Es una obra de trascendencia universal. Sus cinco partes son los segmentos fundamentales que pauta la liturgia católica: Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei, vertidos con ritmos de baguala, vidala, carnavalito, chacarera y estilo.

La primera grabación se realizó en 1964 y fue protagonizada por su autor en piano, Los Fronterizos, la Cantoría de la Basílica del Socorro dirigida por el presbítero Jesús Gabriel Segado, el Chango Farías Gómez, Domingo Cura, Jaime Torres y Alfredo Remus, entre otros. Su estreno en concierto fue el 12 de marzo de 1967 en Düsseldorf, Alemania. Ese mismo año, durante una audiencia privada de Los Fronterizos con el papa Pablo VI, éste destacó la importancia de la Misa criolla y recibió un ejemplar de la edición argentina de la obra. En octubre, se presentó en vivo en Buenos Aires. La época era propicia: en 1963 el Concilio Vaticano II había aprobado la misa en lenguas diferentes del latín. Esta era la primera “versión” de la misa cantada en español. Desde entonces aquella grabación, ya editada en CD, alcanzó difusión en más de 40 países. Entre sus numerosos intérpretes posteriores se cuentan desde Zamba Quipildor hasta el tenor español José Carreras.
Pero el éxito no impidió que quisiera seguir aprendiendo: en la década del ‘70 se puso bajo el ala del maestro Edwin Leuchter, con quien estudió durante doce años.
Autor de más de 300 canciones, dos de sus socios en la composición fueron sus grandes amigos Miguel Brascó y, sobre todo, Félix Luna. Con el historiador creó algunas de sus obras más populares, como Alfonsina y el mar, La peregrinación, Los Reyes Magos, La anunciación, Antiguo dueño de las flechas (Indio toba), Juana Azurduy o Navidad en verano. Pero su tarea excedió lo estrictamente musical: también se dedicó a la pedagogía, con una serie de estudios para facilitar la interpretación en piano de la música popular que fue material de consulta en conservatorios de todo el país. Además, se involucró en la defensa de los derechos de autor desde la presidencia de Sadaic, cargo que, desde 1970 hasta 2005, ocupó en cinco períodos. En la actualidad era presidente de la Junta Consultiva.
Tuvo tres matrimonios y tres hijos. Conversador, habitué de la confitería Las Violetas, su altura (1,90) imponía respeto, pero siempre estaba dispuesto a la charla amable, aun en los últimos años, afectado por el mal de Alzheimer.
Se fue un compositor único, un intérprete notable y un gran tipo.










1 de Marzo de 2010 | 3:57 pm
Siempre encuentro justificado el tiempo que dedico a leer lo que la AGENDA
DE REFLEXION ME ENVÍA. El recordato a Chopin, muy bueno. El es uno de mis preferidos. De hecho aún conservo intacta una grabación de los catorce valses de Chopin, realizado por Dino Lipatti. Me gusta decir que escuchando esta grabación, el no parece que tocara el piano; sino que se siente como que mas bien lo acaricia, como si fuera dl mismo Chopin quien esta tocando sus valses. Me resulta muy conmovedor. Es una grabación testimonial. Según se cuenta, Lipatti estaba muy enfermo y ya no podía levantarse de la cama y se tuvo que acercar el piano a su cuarto de enfermo para que esta grabación pudiera realizarse. Fué su última grabación. Y desde luego, me parece muy justo y merecido el homenaje al gran maestro Don Ariel Ramirez. Tengo su misa criolla.- Gracias Alejandro y te felicito. Tienes muy buen gusto.- Cordialmente. Lucía
1 de Marzo de 2010 | 6:43 pm
¡Qué magnífica nota!
¡Felicitaciones!