N° 954 - ¿Se acabó la belleza en el arte?

- | 19 de Diciembre de 2013 ≈ 14:29 | tamaño de texto | versión para imprimir

Duchamp, con su urinario, asestó un golpe mortal al anhelo de belleza que se creía implícito en el arte. Desde entonces, la presencia de la belleza parece haberse ido sin retorno, aunque la duda aviva uno de los debates culturales más relevantes: ¿Dónde habita y qué forma tiene? ¿Importa en el arte hoy? Tres protagonistas de la escena artística responden: el filósofo Arthur C. Danto; José Lebrero, director del Museo Picasso de Málaga, y el ensayista Rafael Argullol.

Publicado en EL MUNDO/EL CULTURAL (Madrid, Septiembre 2013)

El ultraje de la belleza por la denuncia social

Hay buenas razones para no dar por sentado que el arte actual tiene que contener belleza. La gran revolución pasó hace casi un siglo. Los artistas de vanguardia politizaron de un día para otro el concepto de belleza hacia 1915, más o menos a mitad del camino en el período del Readymade de la carrera de Duchamp. Fue un ataque a esa relación interna que siempre ha tenido el arte y la belleza. Abusar de ella, en el sentido de vejarla, ultrajarla, pasó a ser una acción para disociar el arte de una sociedad que los artistas despreciaban. Pienso, sobre todo, en el dadá cuando hablo de esta revuelta moral. Los artistas se negaron a someter su trabajo al gusto de una clase dominante que había llevado a la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial . El sueño de Tristan Tzara, autor del manifiesto dadaísta en 1918, era, de hecho, asesinarla. El dadá fue el paradigma de lo que yo llamo Vanguardia intratable, cuyos productos solo por error pueden considerarse bellos. Picasso, por ejemplo, con el Guernica, quería la antítesis de una obra bella, y se exhibió para reunir dinero para las causas antifascistas.

A su manera, el Guernica fue pintado en el espíritu que articuló las obras de la Bienal del Whitney de 1993, un momento, los 90, en que se empezó a hablar de cierto retorno de la belleza como el tema clave de la década. Fue prematuro pensar que “la belleza puede volver”. En la Bienal había muy poca, sin duda, y aquel momento representó el punto álgido de la tempestad política de los 80. Los artistas desafiaban los límites de lo social, el sexo o la raza. Aquellas obras querían cambiar el modo en que pensamos y actuamos frente a las injusticias. Recuerdo a Sue Williams con una instalación sobre la discriminación a las mujeres. Incluía una piscina harto realista de vómitos de plástico, que generaba repugnancia y que expresaba, seguramente, el asco de la artista por los hombres, en tanto que opresores sexuales. Hubiera sido un error artístico embellecer contenidos como éste, o los de Andrés Serrano o Cindy Sherman. El objetivo de estos artistas es cambiar la actitud moral de la gente, y la belleza se interponía en el camino.

En la filosofía del arte lo sabemos. El discurso de la redención estética nos asegura que, tarde o temprano, todo arte nos parecerá bello, por feo que se muestre al principio. Alguien me dijo que había encontrado belleza en los gusanos que infestaban la cabeza de vaca, cortada y en visible putrefacción, puesta en una vitrina por el artista británico Damien Hirst. No puedo evitar sonreírme al pensar cuál no sería la frustración de Hirst si la opinión de esta persona la compartiera todo el mundo. La repulsión, la abyección, el horror y el asco son hoy categorías estéticas tan válidas como lo sublime en el siglo XVIII. Que no nos cueste reconocer como arte la cabeza de vaca gusanada de Hirst demuestra lo lejos que estamos de la estética dieciochesca y lo rotunda que fue la victoria de la Vanguardia intratable.

Hizo falta aquella energía para abrir una brecha insalvable entre el arte y la belleza, antes impensable, y hoy fundamental para entender el arte contemporáneo. Si antaño era una necesidad, hoy ha desaparecido del discurso artístico. La belleza apenas importa, es tan solo una opción. Lo que importa en el arte es el significado, y si hay belleza es porque contribuye a éste. La belleza solo podría volver a ser lo que en arte fue si se produjera una revolución, no solo en el gusto sino en la vida misma. Una revolución política; cuando las mujeres disfruten de igualdad, cuando las razas vivan en paz, cuando la injusticia haya desaparecido de la faz de la tierra… Pero yo no puedo renunciar a un mundo sin belleza. Sería como imaginar la vida sin bondad.

Arthur C. Danto - Prestigioso filósofo y crítico de arte estadounidense, autor del libro “El abuso de la belleza” (Editorial Paidós).

La belleza encarcelada en la cosmética no es peligrosa

El lenguaje lo delata todo: fijémonos que “belleza” o “bello” han ido desapareciendo del habla cotidiana, de modo que es muy difícil encontrar estas palabras como descripción de fenómenos de nuestra vida diaria. Hasta hace unas décadas, su uso estaba todavía vivo. La desaparición en el idioma popular ha sido paralela a su desaparición en la esfera cultural . La belleza ha sido relegada a la utilización superficial del término en la moda, la publicidad y la cosmética.

En el caso de la cosmética, la ironía es evidente, pues el vocablo procede etimológicamente de cosmos, la palabra griega que otorgaba orden al mundo. El cuerpo, la arquitectura, la ciudad o el universo eran cosmos, órdenes armónicos que contrarrestaban el caos y la corrupción de las cosas. Lo que históricamente hemos llamado belleza, entrañaba un significado afín a cosmos. Nosotros, en nuestro lenguaje actual, nos hemos refugiado en la dimensión más epidérmica, la cosmética. Esto nos describe y nos delata.

Tenemos miedo a la indagación profunda en la belleza. Un tercer concepto nos lo puede aclarar: creemos que “jerarquía” es un término anticuado y conservador. Lo hemos politizado y rechazado. Sin embargo, jerarquía, como cosmos y como belleza, implica nuestra necesidad de armonía, nuestra búsqueda de un rescate en medio del naufragio. Sin jerarquía nos arrojamos a un mundo amorfo y apático.

Asimismo, esto vale para las revoluciones. Subvertir una jerarquía es poder ofrecer una jerarquía alternativa. Esto también sucede con la transformación de nuestras ideas acerca de la belleza. Los modelos están para cambiarlos y romperlos. La modernidad artística subvirtió las formas de lo bello sin renunciar a la belleza. El arte moderno, mientras tuvo poder creador, exigió una belleza diferente en la que reflejar nuevas utopías. Esto parece haberse quebrado en los últimos tiempos bajo el dominio del utilitarismo productivo.

La cultura tiene miedo a la belleza y a la subversión de la belleza. Los ciudadanos dejan de usar una palabra demasiado fuerte, demasiado comprometedora. En tanto que encarcelada en la cosmética no resulta peligrosa. Como faro del conjunto de la vida, es excesivamente inquietante para el dócil sujeto que nuestra época expone como protagonista.

Rafael Argullol - Escritor y ensayista, autor de “Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura”.

Ni Botticelli ni Picasso, sino Lady Gaga en Youtube

Si se acepta que lo feo es la insuficiencia respecto de la belleza, nuestra época artística se caracteriza por dar más relevancia a las manifestaciones de extrema fealdad que a las expresiones de intensa belleza. Vivimos rodeados de cosas, lugares y, lamentablemente, de personajes más bien feos que lo “otro”. Lo saben quienes tienen que pasar una jornada completa deambulando por una feria de arte contemporáneo, y también quienes se ven obligados a tragarse una programación entera de televisión. La cultura ilustrada y la cultura popular, felizmente cruzadas, generan todo tipo de monstruosidades para los consumos más eclécticos . Es el espíritu de los tiempos con sus grandezas (el gran gol que sentencia un campeonato de fútbol) y sus vilezas (el villano precio récord de una subasta que esquilma el patrimonio de un país a favor de un nuevo rico).

Sin embargo, otras categorías, como la de lo grotesco o la de lo patético, parecen más útiles a la hora de definir las características estéticas de no pocas nuevas producciones artísticas relevantes en los museos y las galerías de nuestros días. Hablamos más de experiencias intensas con el arte contemporáneo que de ejercicios de agradable contemplación. Pocas veces tomamos en cuenta el comentario de un “crítico” que ose calificar lo que ha visto mediante el uso de adjetivos sospechosos como bonito o feo: ¿es fea una escultura de Jeff Koons? ¿Es bella una videoproyección de Santiago Sierra? No importa. Lo que la experiencia de una u otra obra de arte nos produzca emocional o intelectualmente demandará sus correspondientes adjetivos, y, muy probablemente, cuando el resultado del encuentro con la obra en cuestión sea de alta intensidad, recurriremos a términos que expresen un bienestar (o una “bella” irritación…). Pero hay normas, y en esto de la escritura sobre el arte, “la belleza” del objeto no parece en boga.

El problema radica en que aquello que se podría identificar como propio o perteneciente al sistema del arte en sentido estricto, ha dejado de influir en el gusto. Como grado de valoración de consenso, como referencia de poder que jerarquiza, como instancia que hace posible el arbitraje colectivo, como baremo que permite la valoración económica y, finalmente, como referencia que utilizamos para establecer el criterio, el gusto no lo fijan los individuos creadores, sino que lo marcan, básicamente, los coleccionistas y las empresas multinacionales. De ser esto cierto, se abre una brecha importante entre las representaciones asociadas al poder (véase grandes museos, véase grandes eventos artísticos) y el espacio menor y cada vez menos influyente en el que los historiadores del arte, los filósofos, los cronistas (como éste que leen) y la mayor parte de los artistas sobreviven gracias a la nostalgia de otros tiempos.

El arte de las vanguardias que cambia la misma idea de arte a principios del siglo XX no se planteaba el problema de la belleza. Esto no quiere decir que los resultados de aquella carrera contra reloj en los senderos de la provocación no hayan acabado por ofrecernos como sociedad representaciones extraordinarias por su grandeza figural. Pero la “hermosa” obligación del compromiso político y la investigación formal de la modernidad no han dejado mucho tiempo para indagar en las antiguas convenciones de belleza. Lo que para muchos en determinado momento puede ser calificado de “bonito”, que no de bello, puede ser insoportable para unos pocos otros.

Empieza Umberto Eco en su Historia de la belleza (2004) recordando que ” bello”, como “maravilloso” o “soberbio”, son adjetivos que comúnmente se utilizan para calificar lo que gusta y que frecuentemente se asocia a lo bueno. En el universo consumista, mediático y digitalizado que vivimos, el hermoso coche de carreras futurista sigue siendo “soberbio”, pero les recomiendo olvidarse de la “belleza” echando un vistazo “intenso” al último videoclip Applause de Lady Gaga en la todavía barata pantalla-galería de Youtube. Confesa admiradora de Picasso, amiga de una ex radical del arte contemporáneo (la artista de performance Marina Abramovich), remite ahora a Botticelli: una nueva historia de la belleza (y de la fealdad) en poco más de tres minutos.

José Lebrero - Historiador del arte, director del Museo Picasso de Málaga.

[Texto gentileza de Ramón Vázquez]

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Comentarios.

  1. josé antonio germ dice:

    Está escrito que un comentario escrito suele ser un tanto trivial y un tanto vulgar y hasta una nadería, como también una especie de preparado con o sin remedio y hasta un ungüento para aguante de perorata, es decir, en definitiva un tópico que, como su nombre indica, es la abreviatura enfatizada con el acento de lo que se conoce vulgarmente como “toco y me las pico”… Y tal cual, ¿no es así mi estimada Doña Agenda Reflexión? Nooo, no seas tan Pandra dependiente, no mires a Pandra a ver si al respecto asiente, disiente y encima se resiente. Pues vayamos a la reflexión de la lectura y por ende al comentario: En ese primer intento de definir arte y definir belleza para así coligarlos, si uno está en su PC no hace falta ir al diccionario, suficiente es hacer un clic en la fracción derecha de ese ratón tan pero tan acariciado y se diría que bastante amaestrado para que ipso facto se deslicen como despachados por su cola y hacia la pantalla, sinónimos y antónimos suficientes para así llegar en este preciso caso a la siguiente conclusión: Al arte no hay que buscarle sinónimos porque sería insultante y a la belleza sí porque sería exultante. Y entonces qué sería del arte si perdiera su belleza, ¿acaso una estética peripatética burlándose de esa ética que en cuanto a obra de arte se diría a sí misma y a los demás que es una verdadera pena? Eso pasa en cuanto a interés por el arte, el dejar entrar tanto a la moral como al morral. Y es que no hace falta definir arte y definir belleza para demostrar que nada hay perfecto a pesar de que todo es perfectible; ni amor perfecto ni odio perfecto, ni perfecta armonía, ni perfecta paz ni tormenta perfecta, ni perfecta la vida ni perfecta la muerte, ni perfecto el descanso eterno, ni perfecto el alivio, ni perfecto el ailaviu -y mucho menos tal como está escrito-, ni perfecta música, ni perfecto un prefecto, ni perfecto un pluscuamperfecto ni perfecto un pufcuanperfecto, ni perfecta aquella pasmosa soledad inicial llamada Nada, que ya sabemos el escandalete universal que armó Dios cuando ya hastiado abriera la boca y expresara su Verbo iniciador , que, de seguro no fue ¡aum! como dicen por ahí sino el ¡ahhh! nuestro de cada día sobre todo al no terminar la obra y finalizar el día, y ni perfecta su obra cual sinfonía inconclusa cuando intentando el Todo lograra no solo ese algo sino a más de ese alien ese alguien que fuera como un algo valgo que peor es nada, así que contentémonos con ese arte de mandarnos la parte que es como seguir viendo el vaso demasiado lleno a sabiendas que algunos como yo, ya lo hemos casi vaciado. Si fuera arte que cuerpo y alma de cada quien tome parte en una obra, arte de obra, de sobra y hasta de zozobra sería, he allí ese ingrediente de belleza que tiene la fealdad y he allí ese ingrediente de fealdad que tiene la belleza. Si se acabara la belleza en el arte, o estamos en presencia de un arte enfermo o estamos en presencia de poco o mucho menos que un artesano. Mientras haya un artista y un admirador, habrá belleza en el arte. Que la belleza tiene matices, matices que tienen que ver más con el sol de la luz que con la luz del sol, con ese sol de cada cual que es mucho más que el sol de todos, porque a no dudar que nos ilumina, calienta y recalienta sin necesidad siquiera de tener un sol de noche. Aquel práctico y lindo urinario que nosotros llamamos mingitorio, un cerámico recipiente cual pote para bote, que siendo familiar algo lejano del inodoro, como que tan solo los encontramos juntos en los baños públicos pero cada uno por su lado, como si ambos no se tratasen ni conociesen, y que Duchamp , se me hace, expuso para llamar no solo la atención cual si fuera una artística extrañeza, desde que bien pudo exponer un práctico reloj como mejor expresión de la complejidad creativa del hombre mostrando no solo lo maquinal sino lo maquinario del arte con su tic tac demostrativo de cómo pasa el tiempo y se nos va la vida, y otras tantas interpretaciones a gusto y piacere del observador y su propio arte de imaginación, y que lo eligiese y rescatase por ser simbólicamente de lo potencialmente impúdico, lo más recatado, ya que para utilizarlo no hacía ni hace falta bajar lienzos y sí tan solo desprender pocos botones en los pantalones, o bajar la cremallera (si es que la hubo en su época), como que a falta de abertura central debiese correrse hacia un costado el calzoncillo para dar por iniciado ese pequeño curso de lo que es el arte de la libertad al menos para un pajarito así enjaulado. Y entonces endosarle justa e injustamente a él el fin de la belleza y el comienzo del gobierno de la fealdad en el arte. Agradecida delicadeza en lo que es suspicacia para unos y agravio para otros, cual un verdadero toque de distinción de aquella democracia norteamericana que aún contenía un gran tenor de aristocracia y no esta nuestra vulgaridad actual cual demacrada democracia preanunciada poco antes del siglo pasado por Tocqueville cuando reparara en las plebeyas consecuencias de la Revolución Francesa, y deparara entonces sobre el futuro de la democracia en América, y que ahora, con un se diría tremendo cambio de mentalidad sobre el mismo punto, da para pensar lisa y llanamente no en una delicadeza de Duchamp sino en una mariconeada o arrugada de éste, a sabiendas que no es tan así mostrar o exhibir lo mismo el uno que el otro, porque de mostrar el inodoro no daría solamente para imaginar la meada y el escupitajo en el interior del mismo (y vaya a saber pensando mal en quién que eso a más de una invitación al libertinaje y la anarquía, es premeditación y alevosía) sino además no solo para imaginar la cagada que se le vendría, sino la presente tan imaginaria como patentemente , que, si en un inodoro de los de antes con su plataforma de descanso antes de su precipitación en catarata al tirar la cadena ,y que, dado el stress actual afectando la digestión, se visualizaría como una isla de estiércol cual helado de dulce de leche o chocolate y tal vez con algunas playas de arenilla en un más que pando mar de orín, como los que uno se ha encontrado como muestra de regalo en algún baño público de los de antes cual si en vez de obra de arte fuera obra de cagarte para agrado del expositor y desagrado del observador. Censuradores de pacotilla ¡deteneos en la crítica al digesto! que han de saber más en cuerpo que en alma propia lo que ello implica y conlleva cuando se viola así como así la tan necesaria y natural libertad de expresión que conocemos como defecación y encima no haciendo exhibicionismo en la vía pública sino mostrado como en recinto en el lugar que corresponde, que se diría mostrado como en bandeja para dar comienzo si se quisiera cual un saludable control de prevención, a un análisis coprológico suficiente para decidir algún diagnóstico con pronóstico incluido, por lo que es difícil entender de por qué se lo toman tan a pecho cuando no pasa de un normal y natural deshecho. Y volvamos tan solo al urinario de Duchamp, a mi juicio y vaya a saber si también a mi prejuicio, simbólicamente representa esa canallada humana que es mear sobre la culpa en vez de hacer un mea culpa. Representa justamente esa impudicia que atenta contra el pudor del alma y no contra el pudor del cuerpo. Y entonces al observar ese mingitorio uno piensa en el arte de la política, y sabe que aprovechando que el urinario de Duchamp está acostado habría que simplemente agregarle una flor de ducha que no de Duchamp para así transformarlo en bidé, a sabiendas que al lado del mismo sí o sí debe estar el inodoro, tanto así nos mean y cagan y tanto así nos limpian ese otro mango y no éste, como un mangazo sin necesidad de manguereada , a más de que a sabiendas que nuestra democracia es hija de la dictadura, uno percibe sin más ni más la penosa y vergonzosa mentalidad de cualquier legislador que lleva ya genéticamente en sus entrañas aquella tiranía capaz de expresarse en algún momento y hacer notar y resaltar el despotismo como le ha sucedido a aquel entrerriano y mal cantor como demócrata, que ha presentado un proyecto de ley pretendiendo acotar esas redes sociales de información que así enredan e involucran a esa verdadera incitadora de la anarquía que es la vieja política de siempre cual malsana y manzana podrida que es y siempre será, que así genera malestar y degenera a los demás con su acostumbrada corrupción y su desmedido privilegio a seguir y conseguir.¡vaya escuela y vaya secuela! Y como todo ser que lleva no solo su ascensor sino su censor adentro, y que, al mirar ese inodoro con otros ojos, como sin querer queriendo, dados los insólitos y hasta inhóspitos senderos por donde transita el magin de la imaginación, aprieta el ocular botón de la descarga y en vez de despachar el deshecho, se empacha con el mismo, lo trastoca y lo transforma, lo lleva a la azotea y piensa que no debe pensar lo que piensa pero lo piensa y entonces piensa no solo en la meada sino en la verga dura y en la envergadura del que allí orinó y entonces su alterada mente por confusa, confunde alzamiento con sedición, y sedición con sed de perdición y sed de perdición con censura previa. Y es así como vamos descubriendo un déspota más en el gobierno de la democracia. Porque a decir verdad lo que hay a más de semejante libertinaje, no son anarquistas en el sentido ideológico sino una nueva generación de perturbados que bien pudieran llamarse anarquistes en vez de anarquistas, esperando tiempos mejores que no han de llegar y entonces se explica la cronicidad del descontento, aguantando sea como sea y hasta cacerolazo limpio la continua mojada de oreja del Sistema, cual seres humanos participando de prepo en este como centro de experimentación tributaria en que desde hace tiempo se ha convertido mi País ¡carajo! como que si afuera le dicen territorio tributario, desde adentro le dicen territorio atribulado, tal y tan es así que si antes te decían tiene razón pero marche preso a más que te fueras a quejar a Magolla, ahora la hacen más corta y te dicen que te vayas a quejar directamente al cero ochocientos. Y es que pareciera ser que si tamaña presión y opresión la resiste un argentino, entonces poco a poco debiera resistirla el mundo entero….Con qué y cuánta razón Haroldo Conti decía que el arte es un arrebato. Y es que no tuvo tiempo de decir que se encarguen los asombrados o azorados en decidir cuánto hay de belleza o si directamente no hay belleza en un arrebato .

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